To die by your side...

... Is such a heavenly way to die.
No necesitaba mirarme a un espejo para saber que para ese momento me ardería la cara y mis mofletes se tornarían del color de las manzanas que brillaban en el jardín de Clémence. Notaba la sangre hervirme desde la planta de los pies, haciéndome cosquillas mientras subía por las rodillas como loca, impaciente por causarme esa sensación extraña en el estómago para luego explotar en las mejillas y nublarme un poco la vista.

- No estoy seguro de que haya sido sólo un sueño, en realidad.- Siguió él con una sonrisa en la voz; Hundí un poco más la nariz en el cuello de su abrigo, pese a que sentía que estaba ardiendo de fiebre mi cuerpo se había congelado a su alrededor y no tenía la más mínima intención de despegarse de él para mirarle a los ojos. Sus labios húmedos rozaban el rasguño de mi cara y el calor de su aliento hacía que me escociera todavía más, tomó aire y como si fuera la decisión más difícil del mundo, después de sopesarlo unos minutos me soltó y me hizo mirarle a la cara.- Si no quiero que cambien las cosas es porque no quiero hacerte daño.

Estudió durante un buen rato mi expresión, aunque a decir verdad ni siquiera yo sabía en qué estaba pensando en ese instante, quizá ni siquiera pensara en nada, sólo oía sus palabras retumbar en mis oídos una y otra vez, como si estubiéramos dentro de una gran catedral de piedra. Sus facciones se habían vuelto frías y duras, sus labios no eran más que una fina línea recta en medio de su cara, y sus ojos parecían mucho más oscuros de lo que en realidad eran. Sin decir una palabra se quitó el abrigo y lo colgó descuidadamente de una de las ramas del cerezo, llevaba todavía la sudadera azul de mi hermano; palpó el bolsillo izquierdo de la chaqueta y sacó la cámara de fotos automática de Clémence, las comisuras de sus labios apenas se levantaron un poco cuando me la tendió y se colocó rápidamente delante del mural recién pintado sin pegarse mucho a la pared.

-Vamos, dispara.- Esperé a que cambiara de expresión unas quince veces y cuando se cercioró que su sonrisa no podía ensancharse más, ni sus cejas levantarse otro milímetro hice sonar el click de la cámara y él se tiró al suelo como si le hubiera disparado de verdad, haciendo como se aguantaba las tripas para que no se le desparramaran por ahí. Sonreí un poco, y cuando vió que había logrado su objetivo se levantó y me quitó la máquina de las manos.- Es tu turno.

-Frank, no quiero hacerlo.- Respondí alargando las palabras casi con un tono de suplica en la voz, si había algo que me aterrorizaba más que las sorpresas, las aves rapaces y los payasos de circo, era aparecer en las fotografías. Él hizo oídos sordos y me colocó delante del muro de madera, me dibujó él mismo la sonrisa en los labios con sus propios dedos y se apartó un poco, no tardó más de un segundo en disparar. Sacudió mi fotografía y se la guardó en el bolsillo del pantalón tras dedicarle una sonrisita de aprobación al papel; la suya estaba en el suelo justo al lado de sus zapatillas devoradas por el tiempo. Me agaché a cogerla y le inquirí que me dejara ver la mía.

-La romperás cuando te la de, o te la quedarás para no devolvermela jamás.- Exclamó rápidamente, posando la mano sobre el bolsillo para que no pudiera quitársela.

-Sólo quiero verla, después puedes hacer lo que quieras con ella, como si quieres empapelar la ciudad.- Alzó una ceja y se mordió los labios reprimiéndose de reír.- Bueno, no tanto… Pero ya me entiendes.

Cedió a dejármela ver, y no pude evitar comparar las dos instantáneas. Estaban tomadas desde el mismo ángulo y más o menos la misma distancia, Frank apenas se veía unos dedos más alto que yo, pero ciertamente él parecía alguna especie de ser mitólogico creado por todas las criaturas mágicas del universo, unos dientes perfectos combinaban exquisitamente con el pálido de su piel, la nariz era fina, apenas sobresalía del resto de facciones y armonizaba a la perfección con su rostro, tenía los ojos muy abiertos y se le veían brillantes de nuevo, las cejas formaban semicirculos perfectos y el pelo azabache caía lacio por la frente y algo más despeinado por los lados; lo único que confirmaba que era un hombre y no un niño era la oscuridad en la barbilla y sobre el labio que le provocava una barba casi inexistente.  
En cambio yo estaba ahí sin más, con la sonrisa forzada que intentaba no enseñar demasiado los dientes, los ojos clavados en algún horizonte imaginario de la habitación, algo de pintura azul en la nariz y una línea naranja en la mejilla buena, un arañazo feísimo en la otra mejilla y el pelo apuntando en todas las direcciones menos en la correcta. En resumen a su lado, yo era un completo y absoluto desastre.

-¿Y bien? ¿Puedes devolverme ya lo que me pertenece?-  Le ofrecí la fotografía sin muchas ganas mientras me rascaba la pintura reseca de la nariz con la otra mano.

Afuera el sol había salido tímidamente por encima de aquel blanco impoluto, apenas teñía un poco de amarillo el cielo, y desde luego la nieve seguía amontanada por todas partes, desafiándome y burlándose de mí.
Frank me llevaba de vuelta a casa, según él ese era un día para pasar con la família. Le hice pasar, mis padres seguían durmiendo aunque no había ni rastro de James, ni de la media docena de magdalenas que dejaba siempre mi padre en la mesa para repartir.
Me metí en la ducha mientras Frank se cambiaba de ropa en mi cuarto.
Dejé que el agua caliente se llevara la pintura y la sangre seca de mis mejillas, el olor a coco del champú me inundaba las fosas nasales de verano aunque en la calle hubiera una replica de Alaska en miniatura. El frío me seguía a todas partes. «Si no quiero que cambien las cosas es porque no quiero hacerte daño». Cómo demonios creía que iba a hacerme daño si en todo caso el que sufría era él… Quizá me hubiera comunicado indirectamente que no estaba interesado en mí en un aspecto amoroso. Aunque de todas formas yo tampoco estaba muy segura de lo que quería de él.
Cerré el grifo, y me envolví con una toalla verde menta después de sacudirme un poco el pelo mojado.  
Frank estaba absorto en algo en mi escritorio cuando volví a la habitación, así que me apresuré para vestirme antes de que pudiera girarse. La ropa interior primero, los calcetines iban después, un jersei morado demasiado grande justo antes de los pantalones y…

-¿Qué estás mirando? – Urgí con alarma porque me temía lo peor. Me apresuré hacia el escritorio pero con él me interceptó el paso con una risa entre dientes.

-Son unos dibujos muy buenos. – Dijo esta vez muy serio. Ya estaba hirviendo por dentro otra vez.

-No te hacen ningún juicio, no soy tan buena.

-Sí que lo eres, probablemente si yo intentara dibujarte sólo me saldría algo parecido a una patata con ojos.
-Gracias. – Se rió pero esta vez sonó más fuerte, colandose por mis oídos, incrustándose en mi cerebro para que esa melodía no me abandonara jamás. Sus manos estaban en mi cintura, aferradas con fuerza y yo seguía sin pantalones; por suerte el jersei me llegaba casi hasta las rodillas. – Si yo fuera tú, tendría miedo de que un psicópata se supiera a la perfección ciertas partes de mi cuerpo.  

-No me das miedo, nunca me he escondido de ti.

Recordé la primera vez que hablamos en el cementerio, cuando yo volvía de hablar con la abuela y él estaba allí sentado, escondiéndose del mundo. Tenía que visitar a la abuela, más tarde quizá iría con mi padre, nos sentariamos con las piernas cruzadas delante suyo y le explicaríamos lo que habíamos hecho durante esos meses, y cuanto la echábamos de menos.

Sin darme cuenta estaba tumbada en la cama y algo oscuro estaba encima de mí. Era Frank. Estaba arrodillado con las piernas justo rozando los costados de mi cuerpo y me sujetaba las manos con las suyas por encima de mi cabeza. Me miraba desde las alturas, le brillaban los ojos aunque se los tapara un poco el flequillo. Deslizó las brazos y se apoyó también en sus codos, entrelazó sus dedos con los mios cuando nuestras manos bajaron un poco. Tenía sus ojos clavados en los míos, y estaba mucho más cerca. Oía latir su corazón muy fuerte contra el mío, en realidad eso era lo único que oía; la casa estaba en absoluto silencio.

-No quiero hacerte daño.

-No quieres hacerme daño.- Él me lo confirmó con la cabeza y me miró como si estuviera orgulloso de que por fin lo hubiera entendido.

- Es irrelevante lo que yo sienta mientras siempre guarde una distancia de seguridad contigo, ¿De acuerdo? – Asentí aunque no lo entendía muy bien, ahora mismo no estaba a una distancia muy segura que dijéramos. Sonrió de una forma triste y volvió a hablar en susurros que sólo una persona a menos de cinco centímetros de su boca hubiera podido escuchar.- Yo ya no puedo salvarme y quiero que sigas adelante con tu vida cuando yo me vaya, quiero que seas feliz.

- Frank… Ni siquiera contemplo la posibilidad de que desaparezcas de un momento a otro, tenemos tiempo para pensar en soluciones, si hace falta nos patearemos el mundo buscando soluciones pero no voy a resignarme a aceptar tus condiciones.

-No son mis condiciones, son las bases del juramento inquebrantable.

-Al diablo con el juramento, ¿Creías que iba a quedarme de brazos cruzados mientras veo como te consumes poco a poco? – Forcejeé para liberarme de sus manos pero él me cogía con más fuerza.

-No has entendido nada.- Suspiró antes de darme un beso en la punta de la nariz con la sombra de una sonrisa en sus labios. Se rindió y me soltó las manos. Entonces creí que ya lo había perdido para siempre. 

No necesitaba mirarme a un espejo para saber que para ese momento me ardería la cara y mis mofletes se tornarían del color de las manzanas que brillaban en el jardín de Clémence. Notaba la sangre hervirme desde la planta de los pies, haciéndome cosquillas mientras subía por las rodillas como loca, impaciente por causarme esa sensación extraña en el estómago para luego explotar en las mejillas y nublarme un poco la vista.

- No estoy seguro de que haya sido sólo un sueño, en realidad.- Siguió él con una sonrisa en la voz; Hundí un poco más la nariz en el cuello de su abrigo, pese a que sentía que estaba ardiendo de fiebre mi cuerpo se había congelado a su alrededor y no tenía la más mínima intención de despegarse de él para mirarle a los ojos. Sus labios húmedos rozaban el rasguño de mi cara y el calor de su aliento hacía que me escociera todavía más, tomó aire y como si fuera la decisión más difícil del mundo, después de sopesarlo unos minutos me soltó y me hizo mirarle a la cara.- Si no quiero que cambien las cosas es porque no quiero hacerte daño.

Estudió durante un buen rato mi expresión, aunque a decir verdad ni siquiera yo sabía en qué estaba pensando en ese instante, quizá ni siquiera pensara en nada, sólo oía sus palabras retumbar en mis oídos una y otra vez, como si estubiéramos dentro de una gran catedral de piedra. Sus facciones se habían vuelto frías y duras, sus labios no eran más que una fina línea recta en medio de su cara, y sus ojos parecían mucho más oscuros de lo que en realidad eran. Sin decir una palabra se quitó el abrigo y lo colgó descuidadamente de una de las ramas del cerezo, llevaba todavía la sudadera azul de mi hermano; palpó el bolsillo izquierdo de la chaqueta y sacó la cámara de fotos automática de Clémence, las comisuras de sus labios apenas se levantaron un poco cuando me la tendió y se colocó rápidamente delante del mural recién pintado sin pegarse mucho a la pared.

-Vamos, dispara.- Esperé a que cambiara de expresión unas quince veces y cuando se cercioró que su sonrisa no podía ensancharse más, ni sus cejas levantarse otro milímetro hice sonar el click de la cámara y él se tiró al suelo como si le hubiera disparado de verdad, haciendo como se aguantaba las tripas para que no se le desparramaran por ahí. Sonreí un poco, y cuando vió que había logrado su objetivo se levantó y me quitó la máquina de las manos.- Es tu turno.

-Frank, no quiero hacerlo.- Respondí alargando las palabras casi con un tono de suplica en la voz, si había algo que me aterrorizaba más que las sorpresas, las aves rapaces y los payasos de circo, era aparecer en las fotografías. Él hizo oídos sordos y me colocó delante del muro de madera, me dibujó él mismo la sonrisa en los labios con sus propios dedos y se apartó un poco, no tardó más de un segundo en disparar. Sacudió mi fotografía y se la guardó en el bolsillo del pantalón tras dedicarle una sonrisita de aprobación al papel; la suya estaba en el suelo justo al lado de sus zapatillas devoradas por el tiempo. Me agaché a cogerla y le inquirí que me dejara ver la mía.

-La romperás cuando te la de, o te la quedarás para no devolvermela jamás.- Exclamó rápidamente, posando la mano sobre el bolsillo para que no pudiera quitársela.

-Sólo quiero verla, después puedes hacer lo que quieras con ella, como si quieres empapelar la ciudad.- Alzó una ceja y se mordió los labios reprimiéndose de reír.- Bueno, no tanto… Pero ya me entiendes.

Cedió a dejármela ver, y no pude evitar comparar las dos instantáneas. Estaban tomadas desde el mismo ángulo y más o menos la misma distancia, Frank apenas se veía unos dedos más alto que yo, pero ciertamente él parecía alguna especie de ser mitólogico creado por todas las criaturas mágicas del universo, unos dientes perfectos combinaban exquisitamente con el pálido de su piel, la nariz era fina, apenas sobresalía del resto de facciones y armonizaba a la perfección con su rostro, tenía los ojos muy abiertos y se le veían brillantes de nuevo, las cejas formaban semicirculos perfectos y el pelo azabache caía lacio por la frente y algo más despeinado por los lados; lo único que confirmaba que era un hombre y no un niño era la oscuridad en la barbilla y sobre el labio que le provocava una barba casi inexistente.  

En cambio yo estaba ahí sin más, con la sonrisa forzada que intentaba no enseñar demasiado los dientes, los ojos clavados en algún horizonte imaginario de la habitación, algo de pintura azul en la nariz y una línea naranja en la mejilla buena, un arañazo feísimo en la otra mejilla y el pelo apuntando en todas las direcciones menos en la correcta. En resumen a su lado, yo era un completo y absoluto desastre.

-¿Y bien? ¿Puedes devolverme ya lo que me pertenece?-  Le ofrecí la fotografía sin muchas ganas mientras me rascaba la pintura reseca de la nariz con la otra mano.

Afuera el sol había salido tímidamente por encima de aquel blanco impoluto, apenas teñía un poco de amarillo el cielo, y desde luego la nieve seguía amontanada por todas partes, desafiándome y burlándose de mí.

Frank me llevaba de vuelta a casa, según él ese era un día para pasar con la família. Le hice pasar, mis padres seguían durmiendo aunque no había ni rastro de James, ni de la media docena de magdalenas que dejaba siempre mi padre en la mesa para repartir.

Me metí en la ducha mientras Frank se cambiaba de ropa en mi cuarto.

Dejé que el agua caliente se llevara la pintura y la sangre seca de mis mejillas, el olor a coco del champú me inundaba las fosas nasales de verano aunque en la calle hubiera una replica de Alaska en miniatura. El frío me seguía a todas partes. «Si no quiero que cambien las cosas es porque no quiero hacerte daño». Cómo demonios creía que iba a hacerme daño si en todo caso el que sufría era él… Quizá me hubiera comunicado indirectamente que no estaba interesado en mí en un aspecto amoroso. Aunque de todas formas yo tampoco estaba muy segura de lo que quería de él.

Cerré el grifo, y me envolví con una toalla verde menta después de sacudirme un poco el pelo mojado.  

Frank estaba absorto en algo en mi escritorio cuando volví a la habitación, así que me apresuré para vestirme antes de que pudiera girarse. La ropa interior primero, los calcetines iban después, un jersei morado demasiado grande justo antes de los pantalones y…

-¿Qué estás mirando? – Urgí con alarma porque me temía lo peor. Me apresuré hacia el escritorio pero con él me interceptó el paso con una risa entre dientes.

-Son unos dibujos muy buenos. – Dijo esta vez muy serio. Ya estaba hirviendo por dentro otra vez.

-No te hacen ningún juicio, no soy tan buena.

-Sí que lo eres, probablemente si yo intentara dibujarte sólo me saldría algo parecido a una patata con ojos.

-Gracias. – Se rió pero esta vez sonó más fuerte, colandose por mis oídos, incrustándose en mi cerebro para que esa melodía no me abandonara jamás. Sus manos estaban en mi cintura, aferradas con fuerza y yo seguía sin pantalones; por suerte el jersei me llegaba casi hasta las rodillas. – Si yo fuera tú, tendría miedo de que un psicópata se supiera a la perfección ciertas partes de mi cuerpo.  

-No me das miedo, nunca me he escondido de ti.

Recordé la primera vez que hablamos en el cementerio, cuando yo volvía de hablar con la abuela y él estaba allí sentado, escondiéndose del mundo. Tenía que visitar a la abuela, más tarde quizá iría con mi padre, nos sentariamos con las piernas cruzadas delante suyo y le explicaríamos lo que habíamos hecho durante esos meses, y cuanto la echábamos de menos.

Sin darme cuenta estaba tumbada en la cama y algo oscuro estaba encima de mí. Era Frank. Estaba arrodillado con las piernas justo rozando los costados de mi cuerpo y me sujetaba las manos con las suyas por encima de mi cabeza. Me miraba desde las alturas, le brillaban los ojos aunque se los tapara un poco el flequillo. Deslizó las brazos y se apoyó también en sus codos, entrelazó sus dedos con los mios cuando nuestras manos bajaron un poco. Tenía sus ojos clavados en los míos, y estaba mucho más cerca. Oía latir su corazón muy fuerte contra el mío, en realidad eso era lo único que oía; la casa estaba en absoluto silencio.

-No quiero hacerte daño.

-No quieres hacerme daño.- Él me lo confirmó con la cabeza y me miró como si estuviera orgulloso de que por fin lo hubiera entendido.

- Es irrelevante lo que yo sienta mientras siempre guarde una distancia de seguridad contigo, ¿De acuerdo? – Asentí aunque no lo entendía muy bien, ahora mismo no estaba a una distancia muy segura que dijéramos. Sonrió de una forma triste y volvió a hablar en susurros que sólo una persona a menos de cinco centímetros de su boca hubiera podido escuchar.- Yo ya no puedo salvarme y quiero que sigas adelante con tu vida cuando yo me vaya, quiero que seas feliz.

- Frank… Ni siquiera contemplo la posibilidad de que desaparezcas de un momento a otro, tenemos tiempo para pensar en soluciones, si hace falta nos patearemos el mundo buscando soluciones pero no voy a resignarme a aceptar tus condiciones.

-No son mis condiciones, son las bases del juramento inquebrantable.

-Al diablo con el juramento, ¿Creías que iba a quedarme de brazos cruzados mientras veo como te consumes poco a poco? – Forcejeé para liberarme de sus manos pero él me cogía con más fuerza.

-No has entendido nada.- Suspiró antes de darme un beso en la punta de la nariz con la sombra de una sonrisa en sus labios. Se rindió y me soltó las manos. Entonces creí que ya lo había perdido para siempre. 

Anonymous asked: No me pudisste dejar en esa parte! por favor no tardes en subir, necesito el cap que sigue <3 Me encanta esta novela :)

GRACIAS! :) 

Anonymous asked: ¿Cuándo subirás el siguiente? Me gustó muchísimo y quisiera saber.

ahora mismo :)

killalltheplasticgirls asked: Primero Hola :P cm stas? jajaja necesito saber si vas a seguir subiendo capitulos???????????? pq ame esta novela cm a ninguna, es hermosa, me encanta y mas pq esta Frank <3

Ahora mismo subo! :) 

Esa noche ni pude, ni quise dormir. Sabía que de forma inminente iba a volver a Alaska, y que Frank quería que así fuera, que hiciera mi vida independientemente de lo que a él le pasara o cuanto deseaba yo quedarme con él.
Cogí la cámara que me había regalado esa misma noche y disparé por primera vez, esperé a que la lengua negra saliera de aquel aparato y mientras la sacudía apagué la luz de la lámpara de la mesita de noche. 
Esa era la primera fotografía de Frank que tenía, el primer recuerdo físico que no era un simple dibujo que no le hacía ningún juicio.  Se había quedado dormido hacía ya un par de horas mientras yo le contaba alguna historia de las que Miranda explicaba cuando saliamos a cenar. No era la primera vez que le veía dormir, pero que sus mejillas y su pelo se estrecharan contra mi almohada y que su brazo se extendiera a lo ancho de mi cama sin dejarme apenas espacio, lo hacía completamente diferente.

Decidí levantarle un poco el brazo para tumbarme junto a él, y en cuanto lo hice me oprimió contra su cuerpo; tenía la certeza de que dormía y que eso era sólo un acto reflejo o que formaba quizá parte de sus sueños. Aún así me deleité con los detalles de su rostro que podía ver desde esa distancia de apenas unos cuantos centímetros. Un lunar en la mejilla izquierda, una pequeña cicatriz redondeada entre ceja y ceja, la forma en que una de sus cejas se levantaba un poco más que la otra, unas ojeras moradas que contrastaban con el color de su piel, una incipiente barba y esos labios finos que se torcían en un mohín incluso cuando estaba dormido. Así, iluminado sólo por unas cuantas luces del jardín de los vecinos que entraban entre las persianas de forma tenue, depositando solo una pizca de color rojo y blanco en su rostro, resolví que de esa noche no pasaba, que más que nunca necesitaba cerciorarme de que él era real, de que estaba durmiendo en mi cama con esa vieja sudadera de béisbol de mi hermano como en los viejos tiempos, de que esa impresión de no necesitar ni siquiera el aire que sentía cada vez que estaba junto a él eran ese tipo de cosas que sólo te ocurren una vez en la vida.

Me acerqué un poco más a su cara, si es que eso era posible, hasta que nuestras narices chocaron y él se estremeció un poco, noté que su mano que estaba justo en la mitad de mi espalda se desplazaba hasta la cintura de manera fortuita pues estaba segura que él seguía sumergido en sus sueños. Su respiración acompasada y tranquila contrastaba con la mía, que hacía que mi pecho se volviera loco y alentara mucho más entrecortadamente de lo habitual.  Esta vez no fue la voz de mi compañera de habitación en la residencia de estudiantes de Anchorage la que me sugirió que ya no había vuelta atrás si no la mía propia, que ya carecía totalmente de sensatez.  Y así hice, me acerqué tanto a él que ya no cabía ni un alfiler entre nosotros; sus labios se me antojaron suaves al contacto con los míos y aunque solamente fui capaz de mantener los míos propios unos segundos oprimiendo los suyos y aunque él fuera ajeno a lo que pasara en el mundo real, esa noche, al apartarme de nuevo para mirarle hubiera jurado que lo vi sonreír.

De pronto tuve la necesidad de hacer algo, me despegué de él con cuidado de no despertarle y que aquello fuera más embarazoso y me puse las botas y el abrigo. Era de madrugada y aunque no nevara las calles estaban heladas y se me haría difícil llegar a mi destino con la bicicleta, pero estaba dispuesta a hacerlo.  
Le dejé una nota en la almohada que decía:


Ven a la casa de las afueras en cuanto te levantes. Siento robarte las llaves mientras duermes. 
-Charlie.

Rebusqué en el bolsillo de los vaqueros que se había dejado puestos y le dejé las llaves del coche, de su apartamento y de la casa de Clémence en el llavero de metal y me llevé la que me interesaba.
Bajé las escaleras sin hacer demasiado ruido y dejé una nota enganchada a un imán de cara sonriente en el frigorífico para mis padres alegando que había salido a dar una vuelta y deseándoles un feliz día de Navidad, y ya de paso cogí una caja de cerillas del cajón de los utensilios de cocina.
Entré al garaje por la puerta que conectaba con la casa, pues ya había tomado prestadas demasiadas cosas como para buscar el mando del garaje en la habitación de mis padres, y me metí en la mochila todos los potes de pintura que encontré y un par de pinceles, saqué la bicicleta por el mismo sitio por el que había entrado, sorteando la mesa del comedor y sus correspondientes sillas y salí a la calle, que me pegó una bofetada de viento helado nada más emprender mi camino.

Me vi en la obligación de aminorar la marcha conforme iba alejándome de los barrios más habitados pues el hielo y la nieve eran más abundantes donde había menos casas. A esas alturas ya casi podría haber llegado con los ojos cerrados, conocía el camino a esa casa como si yo misma lo hubiera trazado pero cuando llegué a la autopista, que esa noche estaba mucho más transitada por quien volvía después de la cena de Navidad de las casas de sus familiares en la capital o simplemente de salas de fiestas de carretera. Al coger la salida hacia el camino pedregoso hacia aquella casa que perteneció a la familia del mejor amigo de Frank la bicicleta resbaló y me estampé contra piedra y hielo, había girado en la curva a demasiada velocidad y me encontré con una buena brecha en el pantalón de cuadros de franela, un codo dolorido y la mejilla ardiendo pese a lo frío del suelo.
Me puse en pie después de sacarme la bicicleta de encima y decidí hacer lo que me quedaba de camino andando y prácticamente a ciegas. Después de unos minutos que se me antojaron eternos vislumbré el pequeño edificio de madera y cristal y arrastré la pierna y la bicicleta conmigo un poco más. Atiné a meter la llave en la cerradura después de un buen rato pues me temblaban las manos por la mezcla del frío y la excitación de aquella hazaña.

Me llené los pulmones del olor dulzón de la madera y tras cerrar la puerta y dejar a mi fiel, y ahora hecho polvo, vehículo fuera, encendí la chimenea. Me saqué la mochila de los hombros y saqué todo el arsenal de pintura que llevaba encima, examiné las pequeñas latas de pintura para cerciorarme de que ninguna había sufrido ningún daño y me vi reflejada en la hojalata del pote que guardaba el color verde esmeralda. Comprendí que la mejilla me ardía porque el hielo me había rascado todo el moflete y una decena de rayas rojas horizontales me cruzaban la mitad de la cara; aunque en ese momento no le dí mucha importancia, no eran más que rasguños sin profundidad que pronto cicatrizarían sin dejar huella.

Me saqué el abrigo y las botas y los dejé al lado del fuego, me acerqué a una pared de madera desnuda, la única pared que no tenía ventanas y la contemplé durante un buen rato. Sabía a la perfección que era lo que quería pintar en ella, sólo tenía que dar el primer trazo, que siempre era el más difícil. Mojé un pincel en la lata cian y allí empezó lo que esperaba estuviera terminado cuando Frank se despertara.

La propia luz del día fue iluminando la pequeña casa por completo, el fuego de la chimenea ya se había reducido a cenizas desde hacía un buen rato y empezaba a tener frío de nuevo. Opté por no abrir las ventanas pues la humedad del exterior no dejaría que se secara el dibujo de la pared y tras calzarme y ponerme el abrigo de nuevo, salí a esperar sentada en el porche que flanqueaba la casa. Por regla general, no me gustaba repasar mis pinturas, o cualquier trabajo que hiciera, porque según me había dicho mi madre era demasiado crítica conmigo misma y no quedaba nunca satisfecha con lo que hacía, quizá por eso salí al porche en vez de esperar dentro, o quizá sólo fue porque quería permitirme el placer de ver llegar el Ford rojo de un momento a otro.

Y tras al menos una hora fuera, después de haber estado sentada, rodeando la casa, explorando los árboles robustos que la rodeaban, contado cuantos pasos había entre ellos y seguir las huellas de una zarigüeya que se perdían por el bosque, oí el rugido del motor y corrí hacia la entrada. Me planté allí con una sonrisa que, estaba segura, me hacía parecer una lunática. Quizá esa fuera la principal razón por la que no me gustaba sonreír enseñando mis dientes y siempre me limitaba a apretar los labios de una forma que posiblemente aún me hacía lucir peor.
De todas formas, Frank también salió del coche con una sonrisa, pero de las suyas; que en comparación nos hacía parecer de planetas distintos.
Cuando llegó justo delante de mí cambió la sonrisa por una expresión de preocupación al mirarme la mejilla y antes que pudiera hablar le indiqué que se callara y me siguiera.

-Feliz Navidad.- Bromeé, sabiendo lo mucho que lo odiaba cuando hubimos entrado y mientras contemplaba mi regalo.

Lo cierto es que a mí misma me sorprendía que pudiera haberlo acabado tan pronto, pero supongo que en ese momento no me quedó más opción que seguir y seguir pintando lo que había visto en mi mente esa noche cuando, después de beberme mi propio juicio, le besé aún estando él dormido.
Se quedó mirando las flores gigantescas de todo tipo que crecían del hielo y los pájaros que volaban sobre glaciares que vivían ahora en la pared. Suspiró y se giró hacia mí, que le estaba mirando atentamente esperando su aprobación.

-Increíble.- Pronunció con la mayor de sus sonrisas que había visto hasta entonces.
-No es para tanto…- Repliqué desviando la vista hacia el suelo de madera oscura.
-¿Bromeas?- Rió él acercándose un poco más a la pared, rozando apenas las hojas de lavanda que brotaban de un trecho de escarcha. Se volvió hacia mí de nuevo y clavo sus ojos en los míos con un gesto súbitamente serio y me agradeció, como otras veces ya había hecho y era totalmente innecesario, con la voz ronca y grave todo lo que había hecho por él.
-Nunca podré llegar a hacer suficiente.- Me sorprendí a mí misma hablando de esa forma y él captó en seguida lo que había querido decir.
-No necesito ese tipo de ayuda,- suspiró con sus dedos en la mejilla rascada- sólo quiero que mantengas tu promesa.

Asentí y el me enmarañó el pelo todavía más con una sonrisa triste en sus labios, luego me abrazó de una forma que interpreté como despedida y me dijo al oído: -Hoy he tenido un sueño muy raro.  

Esa noche ni pude, ni quise dormir. Sabía que de forma inminente iba a volver a Alaska, y que Frank quería que así fuera, que hiciera mi vida independientemente de lo que a él le pasara o cuanto deseaba yo quedarme con él.

Cogí la cámara que me había regalado esa misma noche y disparé por primera vez, esperé a que la lengua negra saliera de aquel aparato y mientras la sacudía apagué la luz de la lámpara de la mesita de noche. 

Esa era la primera fotografía de Frank que tenía, el primer recuerdo físico que no era un simple dibujo que no le hacía ningún juicio.  Se había quedado dormido hacía ya un par de horas mientras yo le contaba alguna historia de las que Miranda explicaba cuando saliamos a cenar. No era la primera vez que le veía dormir, pero que sus mejillas y su pelo se estrecharan contra mi almohada y que su brazo se extendiera a lo ancho de mi cama sin dejarme apenas espacio, lo hacía completamente diferente.

Decidí levantarle un poco el brazo para tumbarme junto a él, y en cuanto lo hice me oprimió contra su cuerpo; tenía la certeza de que dormía y que eso era sólo un acto reflejo o que formaba quizá parte de sus sueños. Aún así me deleité con los detalles de su rostro que podía ver desde esa distancia de apenas unos cuantos centímetros. Un lunar en la mejilla izquierda, una pequeña cicatriz redondeada entre ceja y ceja, la forma en que una de sus cejas se levantaba un poco más que la otra, unas ojeras moradas que contrastaban con el color de su piel, una incipiente barba y esos labios finos que se torcían en un mohín incluso cuando estaba dormido. Así, iluminado sólo por unas cuantas luces del jardín de los vecinos que entraban entre las persianas de forma tenue, depositando solo una pizca de color rojo y blanco en su rostro, resolví que de esa noche no pasaba, que más que nunca necesitaba cerciorarme de que él era real, de que estaba durmiendo en mi cama con esa vieja sudadera de béisbol de mi hermano como en los viejos tiempos, de que esa impresión de no necesitar ni siquiera el aire que sentía cada vez que estaba junto a él eran ese tipo de cosas que sólo te ocurren una vez en la vida.

Me acerqué un poco más a su cara, si es que eso era posible, hasta que nuestras narices chocaron y él se estremeció un poco, noté que su mano que estaba justo en la mitad de mi espalda se desplazaba hasta la cintura de manera fortuita pues estaba segura que él seguía sumergido en sus sueños. Su respiración acompasada y tranquila contrastaba con la mía, que hacía que mi pecho se volviera loco y alentara mucho más entrecortadamente de lo habitual.  Esta vez no fue la voz de mi compañera de habitación en la residencia de estudiantes de Anchorage la que me sugirió que ya no había vuelta atrás si no la mía propia, que ya carecía totalmente de sensatez.  Y así hice, me acerqué tanto a él que ya no cabía ni un alfiler entre nosotros; sus labios se me antojaron suaves al contacto con los míos y aunque solamente fui capaz de mantener los míos propios unos segundos oprimiendo los suyos y aunque él fuera ajeno a lo que pasara en el mundo real, esa noche, al apartarme de nuevo para mirarle hubiera jurado que lo vi sonreír.

De pronto tuve la necesidad de hacer algo, me despegué de él con cuidado de no despertarle y que aquello fuera más embarazoso y me puse las botas y el abrigo. Era de madrugada y aunque no nevara las calles estaban heladas y se me haría difícil llegar a mi destino con la bicicleta, pero estaba dispuesta a hacerlo.  

Le dejé una nota en la almohada que decía:

Ven a la casa de las afueras en cuanto te levantes. Siento robarte las llaves mientras duermes.

-Charlie.

Rebusqué en el bolsillo de los vaqueros que se había dejado puestos y le dejé las llaves del coche, de su apartamento y de la casa de Clémence en el llavero de metal y me llevé la que me interesaba.

Bajé las escaleras sin hacer demasiado ruido y dejé una nota enganchada a un imán de cara sonriente en el frigorífico para mis padres alegando que había salido a dar una vuelta y deseándoles un feliz día de Navidad, y ya de paso cogí una caja de cerillas del cajón de los utensilios de cocina.

Entré al garaje por la puerta que conectaba con la casa, pues ya había tomado prestadas demasiadas cosas como para buscar el mando del garaje en la habitación de mis padres, y me metí en la mochila todos los potes de pintura que encontré y un par de pinceles, saqué la bicicleta por el mismo sitio por el que había entrado, sorteando la mesa del comedor y sus correspondientes sillas y salí a la calle, que me pegó una bofetada de viento helado nada más emprender mi camino.

Me vi en la obligación de aminorar la marcha conforme iba alejándome de los barrios más habitados pues el hielo y la nieve eran más abundantes donde había menos casas. A esas alturas ya casi podría haber llegado con los ojos cerrados, conocía el camino a esa casa como si yo misma lo hubiera trazado pero cuando llegué a la autopista, que esa noche estaba mucho más transitada por quien volvía después de la cena de Navidad de las casas de sus familiares en la capital o simplemente de salas de fiestas de carretera. Al coger la salida hacia el camino pedregoso hacia aquella casa que perteneció a la familia del mejor amigo de Frank la bicicleta resbaló y me estampé contra piedra y hielo, había girado en la curva a demasiada velocidad y me encontré con una buena brecha en el pantalón de cuadros de franela, un codo dolorido y la mejilla ardiendo pese a lo frío del suelo.

Me puse en pie después de sacarme la bicicleta de encima y decidí hacer lo que me quedaba de camino andando y prácticamente a ciegas. Después de unos minutos que se me antojaron eternos vislumbré el pequeño edificio de madera y cristal y arrastré la pierna y la bicicleta conmigo un poco más. Atiné a meter la llave en la cerradura después de un buen rato pues me temblaban las manos por la mezcla del frío y la excitación de aquella hazaña.

Me llené los pulmones del olor dulzón de la madera y tras cerrar la puerta y dejar a mi fiel, y ahora hecho polvo, vehículo fuera, encendí la chimenea. Me saqué la mochila de los hombros y saqué todo el arsenal de pintura que llevaba encima, examiné las pequeñas latas de pintura para cerciorarme de que ninguna había sufrido ningún daño y me vi reflejada en la hojalata del pote que guardaba el color verde esmeralda. Comprendí que la mejilla me ardía porque el hielo me había rascado todo el moflete y una decena de rayas rojas horizontales me cruzaban la mitad de la cara; aunque en ese momento no le dí mucha importancia, no eran más que rasguños sin profundidad que pronto cicatrizarían sin dejar huella.

Me saqué el abrigo y las botas y los dejé al lado del fuego, me acerqué a una pared de madera desnuda, la única pared que no tenía ventanas y la contemplé durante un buen rato. Sabía a la perfección que era lo que quería pintar en ella, sólo tenía que dar el primer trazo, que siempre era el más difícil. Mojé un pincel en la lata cian y allí empezó lo que esperaba estuviera terminado cuando Frank se despertara.

La propia luz del día fue iluminando la pequeña casa por completo, el fuego de la chimenea ya se había reducido a cenizas desde hacía un buen rato y empezaba a tener frío de nuevo. Opté por no abrir las ventanas pues la humedad del exterior no dejaría que se secara el dibujo de la pared y tras calzarme y ponerme el abrigo de nuevo, salí a esperar sentada en el porche que flanqueaba la casa. Por regla general, no me gustaba repasar mis pinturas, o cualquier trabajo que hiciera, porque según me había dicho mi madre era demasiado crítica conmigo misma y no quedaba nunca satisfecha con lo que hacía, quizá por eso salí al porche en vez de esperar dentro, o quizá sólo fue porque quería permitirme el placer de ver llegar el Ford rojo de un momento a otro.

Y tras al menos una hora fuera, después de haber estado sentada, rodeando la casa, explorando los árboles robustos que la rodeaban, contado cuantos pasos había entre ellos y seguir las huellas de una zarigüeya que se perdían por el bosque, oí el rugido del motor y corrí hacia la entrada. Me planté allí con una sonrisa que, estaba segura, me hacía parecer una lunática. Quizá esa fuera la principal razón por la que no me gustaba sonreír enseñando mis dientes y siempre me limitaba a apretar los labios de una forma que posiblemente aún me hacía lucir peor.

De todas formas, Frank también salió del coche con una sonrisa, pero de las suyas; que en comparación nos hacía parecer de planetas distintos.

Cuando llegó justo delante de mí cambió la sonrisa por una expresión de preocupación al mirarme la mejilla y antes que pudiera hablar le indiqué que se callara y me siguiera.

-Feliz Navidad.- Bromeé, sabiendo lo mucho que lo odiaba cuando hubimos entrado y mientras contemplaba mi regalo.

Lo cierto es que a mí misma me sorprendía que pudiera haberlo acabado tan pronto, pero supongo que en ese momento no me quedó más opción que seguir y seguir pintando lo que había visto en mi mente esa noche cuando, después de beberme mi propio juicio, le besé aún estando él dormido.

Se quedó mirando las flores gigantescas de todo tipo que crecían del hielo y los pájaros que volaban sobre glaciares que vivían ahora en la pared. Suspiró y se giró hacia mí, que le estaba mirando atentamente esperando su aprobación.

-Increíble.- Pronunció con la mayor de sus sonrisas que había visto hasta entonces.

-No es para tanto…- Repliqué desviando la vista hacia el suelo de madera oscura.

-¿Bromeas?- Rió él acercándose un poco más a la pared, rozando apenas las hojas de lavanda que brotaban de un trecho de escarcha. Se volvió hacia mí de nuevo y clavo sus ojos en los míos con un gesto súbitamente serio y me agradeció, como otras veces ya había hecho y era totalmente innecesario, con la voz ronca y grave todo lo que había hecho por él.

-Nunca podré llegar a hacer suficiente.- Me sorprendí a mí misma hablando de esa forma y él captó en seguida lo que había querido decir.

-No necesito ese tipo de ayuda,- suspiró con sus dedos en la mejilla rascada- sólo quiero que mantengas tu promesa.

Asentí y el me enmarañó el pelo todavía más con una sonrisa triste en sus labios, luego me abrazó de una forma que interpreté como despedida y me dijo al oído: -Hoy he tenido un sueño muy raro.  

Frank se encontró en el reflejo de un espejo en el baño público del bar de carretera al que acudía todos los viernes cuando, según lo que él calculaba, aún era de madrugada; todavía sentía el calor del licor barato en la garganta, pero a sus recién cumplidos diecinueve y con el poco dinero del que disponía no podía escoger entre los escasos clubes selectos de los barrios altos de Trenton. Notó que algo reemplazaba el ardor de lo que le prometieron que era tequila; algo frío y pegajoso se había apoderado de su lengua y luchaba por salir, aunque él ya había reconocido aquel sabor no quiso abrir la boca y apretó los dientes todavía más; pero por supuesto fue en vano, en un ataque de tos la sangre viscosa salió a borbotones de sus labios, salpicando las baldosas blancas de aquel frío lavabo.
Volvió a mirarse resignado a encontrar lo que quedaba de él en el espejo, le escocían los ojos y sólo deseaba ir a resguardarse bajo la falda de su madre, como cuando le pasó lo mismo por primera vez cuando apenas era un crío.  Se secó las lágrimas que no había podido reprimir y se enjuagó la boca al menos tres veces, eliminando cualquier rastro que pudiera quedar de aquel líquido granate entre los dientes. No se molestó en limpiar lo que había caído en las baldosas, optó por pensar que una mancha más no se notaría en aquel inhóspito lugar. 

-¿Estás bien, cariño?- La voz nasal y, para su gusto, demasiado aguda de Scarlett le sorprendieron por detrás. 

Él ni se inmutó, dejó que ella se le acercara y le acariciara las mejillas y el pelo y le besara mientras lo guiaba hacia uno de los retretes y cerraba la puertecilla a sus espaldas, como hacía cada viernes desde hacía un par de meses. Él se dejaba llevar y hacer por Scarlett, pues aunque él no pusiera mucho de su parte, ella lo hacía por los dos. Scarlett era lo más parecido al amor que Frank había conocido en su vida, no estaba enamorado, pero sabía que los dos estaban completamente solos y que aquella camarera que casi rozaba los cuarenta y él no eran en el fondo tan diferentes. 

-No lo hagas.- Le ordenó él en voz queda, cuando vio a aquella mujer bajarle la cremallera de los vaqueros. 

-¿Te encuentras bien?

-Tengo que irme.- Concluyó, saliendo de aquel cubículo y dejando a Scarlett la camarera de rodillas, jurándose a sí mismo que esa sería la última vez que la vería.

De camino a casa decidió que le diría a su madre que se mudaba a Belleville, que iba a graduarse y a vivir solo, que quería ser fuerte pese a que, en realidad estuviera enfermo. Recordó que Mark le explicó algo sobre una pequeña parcela de aquel pueblo, una tía-abuela suya se la había dejado en herencia pero por lo visto no era más que una casucha que iba a caerse por sí sola inminentemente; aún así Frank se interesó en ella, y Mark, bromeando le prometió que escribiría un testamento incluyendo la casa, aunque por supuesto Mark se fue demasiado pronto y de forma inesperada y nunca había vuelto a pensar en aquella casa hasta aquella noche. 


Abrió la puerta esperando no encontrar a nadie despierto en casa, pero su madre le esperaba en el sillón del salón. El reloj marcaba las cinco de la madrugada. Hizo como que no la veía y cuando ya había subido un par de peldaños de las escaleras oyó su nombre y se volvió hacia ella, sin ánimos de discutir. 
Linda le abrazó por primera vez en al menos una década y Frank se sobresaltó. Su madre lo miró con una expresión triste en los ojos y le sonrió. 

-Mamá…- Frank empezó a hablar todavía entre los rechonchos brazos de su madre. Por un momento pensó en contarle que le había vuelto pasar, que tras seis años de estar aparentemente sano, había vuelto a tener esos episodios repugnantes; pero en seguida lo desechó, sabiendo que si lo hacía no le dejaría marcharse.- Quiero irme a Belleville, me graduaré y buscaré un trabajo.

-¿Y dónde vas a vivir, hijo? 

-En la casa que tenía allí Mark, te he hablado un par de veces sobre ese sitio, sólo necesito buscar un instituto que me acepte a mitad de semestre.- Linda le apartó los mechones revueltos que le tapaban los ojos y volvió a dedicarle una sonrisa llena de añoranza.- Puedes venir conmigo si quieres, pero el trato no le incluye a él. 

Frank jamás mencionaba el nombre de su futuro padrastro, ni siquiera le miró nunca directamente a la cara, sólo sabía que lo aborrecía de tal manera que incluso le saboteó todo el papeleo del banco donde trabajaba prendiéndole fuego. Y habría hecho mucho más si no supiera que su madre le quería, a ese arrogante con corbata y mocasines. 

-Yo no puedo venir, cariño. Ya lo sabes.- Ella le apretujó contra sí pero Frank se deshizo de su abrazo. Su madre había elegido y él lo tenía más claro que nunca. 
*

-Clémence sabía todo esto porque una tarde me vio con la boca manchada y su lavabo teñido de rojo, no tuve más remedio que explicárselo.- Acabó sin mirarme a los ojos, escurriéndose en el asiento.

-¿Y qué es lo que falla exactamente?

-Es una infección que envenena la sangre, y el cuerpo por instinto la rechaza.- Esta vez me miró a los ojos y se me anticipó.- Y no, no quise decírselo a mi madre porque bastante tuvo con poder pagar este instituto y darme unos cuantos dólares para que pudiera comer hasta que encontrara un trabajo.

-Y tú en vez de eso, te lo gastaste en whisky y en un coche que está para el desguace.- Se quedó callado y se encendió un cigarrillo con los ojos cerrados.- ¿Es grave?

-Cuando tenía seis años los médicos me dieron cinco años más de vida, y aquí estoy, con una veintena.- Dijo encogiéndose de hombros y exhalando el humo que hizo que se empañaran los cristales.

-Así que la casa en realidad es de Mark.- Intenté disipar el asunto de la enfermedad porque Frank se iba escurriendo en el asiento cada vez más.

-Siento no habértelo dicho antes… Era nuestro pacto y es lo único que me une a él, tuve que pedir permiso a sus padres antes de empezar a construir.- Al parecer no estaba muy satisfecho con aquel cigarro y lo aplastó contra el cenicero del coche que ya estaba a rebosar.- No creo que a Mark le importara que ahora sea nuestra.

Nuestra. Cada vez que Frank hablaba de la casa como algo nuestro, de los dos, algo que íbamos a compartir tarde o temprano, hacía que no hubiera nada más en el mundo que nosotros dos y esa casa de madera rodeada de cerezos y chopos.

-Quédate aquí esta noche.- Mi propia voz me sobresaltó. Él me miró directamente a los ojos por un segundo e hizo lo que siempre hacía en esos casos, perder la mirada en sus zapatillas y sonreír a medias; quizá recordando el momento en que muchos meses antes le pedí lo mismo.

Frank se encontró en el reflejo de un espejo en el baño público del bar de carretera al que acudía todos los viernes cuando, según lo que él calculaba, aún era de madrugada; todavía sentía el calor del licor barato en la garganta, pero a sus recién cumplidos diecinueve y con el poco dinero del que disponía no podía escoger entre los escasos clubes selectos de los barrios altos de Trenton. Notó que algo reemplazaba el ardor de lo que le prometieron que era tequila; algo frío y pegajoso se había apoderado de su lengua y luchaba por salir, aunque él ya había reconocido aquel sabor no quiso abrir la boca y apretó los dientes todavía más; pero por supuesto fue en vano, en un ataque de tos la sangre viscosa salió a borbotones de sus labios, salpicando las baldosas blancas de aquel frío lavabo.

Volvió a mirarse resignado a encontrar lo que quedaba de él en el espejo, le escocían los ojos y sólo deseaba ir a resguardarse bajo la falda de su madre, como cuando le pasó lo mismo por primera vez cuando apenas era un crío.  Se secó las lágrimas que no había podido reprimir y se enjuagó la boca al menos tres veces, eliminando cualquier rastro que pudiera quedar de aquel líquido granate entre los dientes. No se molestó en limpiar lo que había caído en las baldosas, optó por pensar que una mancha más no se notaría en aquel inhóspito lugar.

-¿Estás bien, cariño?- La voz nasal y, para su gusto, demasiado aguda de Scarlett le sorprendieron por detrás.

Él ni se inmutó, dejó que ella se le acercara y le acariciara las mejillas y el pelo y le besara mientras lo guiaba hacia uno de los retretes y cerraba la puertecilla a sus espaldas, como hacía cada viernes desde hacía un par de meses. Él se dejaba llevar y hacer por Scarlett, pues aunque él no pusiera mucho de su parte, ella lo hacía por los dos. Scarlett era lo más parecido al amor que Frank había conocido en su vida, no estaba enamorado, pero sabía que los dos estaban completamente solos y que aquella camarera que casi rozaba los cuarenta y él no eran en el fondo tan diferentes.

-No lo hagas.- Le ordenó él en voz queda, cuando vio a aquella mujer bajarle la cremallera de los vaqueros.

-¿Te encuentras bien?

-Tengo que irme.- Concluyó, saliendo de aquel cubículo y dejando a Scarlett la camarera de rodillas, jurándose a sí mismo que esa sería la última vez que la vería.

De camino a casa decidió que le diría a su madre que se mudaba a Belleville, que iba a graduarse y a vivir solo, que quería ser fuerte pese a que, en realidad estuviera enfermo. Recordó que Mark le explicó algo sobre una pequeña parcela de aquel pueblo, una tía-abuela suya se la había dejado en herencia pero por lo visto no era más que una casucha que iba a caerse por sí sola inminentemente; aún así Frank se interesó en ella, y Mark, bromeando le prometió que escribiría un testamento incluyendo la casa, aunque por supuesto Mark se fue demasiado pronto y de forma inesperada y nunca había vuelto a pensar en aquella casa hasta aquella noche.

Abrió la puerta esperando no encontrar a nadie despierto en casa, pero su madre le esperaba en el sillón del salón. El reloj marcaba las cinco de la madrugada. Hizo como que no la veía y cuando ya había subido un par de peldaños de las escaleras oyó su nombre y se volvió hacia ella, sin ánimos de discutir.

Linda le abrazó por primera vez en al menos una década y Frank se sobresaltó. Su madre lo miró con una expresión triste en los ojos y le sonrió.

-Mamá…- Frank empezó a hablar todavía entre los rechonchos brazos de su madre. Por un momento pensó en contarle que le había vuelto pasar, que tras seis años de estar aparentemente sano, había vuelto a tener esos episodios repugnantes; pero en seguida lo desechó, sabiendo que si lo hacía no le dejaría marcharse.- Quiero irme a Belleville, me graduaré y buscaré un trabajo.

-¿Y dónde vas a vivir, hijo?

-En la casa que tenía allí Mark, te he hablado un par de veces sobre ese sitio, sólo necesito buscar un instituto que me acepte a mitad de semestre.- Linda le apartó los mechones revueltos que le tapaban los ojos y volvió a dedicarle una sonrisa llena de añoranza.- Puedes venir conmigo si quieres, pero el trato no le incluye a él.

Frank jamás mencionaba el nombre de su futuro padrastro, ni siquiera le miró nunca directamente a la cara, sólo sabía que lo aborrecía de tal manera que incluso le saboteó todo el papeleo del banco donde trabajaba prendiéndole fuego. Y habría hecho mucho más si no supiera que su madre le quería, a ese arrogante con corbata y mocasines.

-Yo no puedo venir, cariño. Ya lo sabes.- Ella le apretujó contra sí pero Frank se deshizo de su abrazo. Su madre había elegido y él lo tenía más claro que nunca.

*

-Clémence sabía todo esto porque una tarde me vio con la boca manchada y su lavabo teñido de rojo, no tuve más remedio que explicárselo.- Acabó sin mirarme a los ojos, escurriéndose en el asiento.

-¿Y qué es lo que falla exactamente?

-Es una infección que envenena la sangre, y el cuerpo por instinto la rechaza.- Esta vez me miró a los ojos y se me anticipó.- Y no, no quise decírselo a mi madre porque bastante tuvo con poder pagar este instituto y darme unos cuantos dólares para que pudiera comer hasta que encontrara un trabajo.

-Y tú en vez de eso, te lo gastaste en whisky y en un coche que está para el desguace.- Se quedó callado y se encendió un cigarrillo con los ojos cerrados.- ¿Es grave?

-Cuando tenía seis años los médicos me dieron cinco años más de vida, y aquí estoy, con una veintena.- Dijo encogiéndose de hombros y exhalando el humo que hizo que se empañaran los cristales.

-Así que la casa en realidad es de Mark.- Intenté disipar el asunto de la enfermedad porque Frank se iba escurriendo en el asiento cada vez más.

-Siento no habértelo dicho antes… Era nuestro pacto y es lo único que me une a él, tuve que pedir permiso a sus padres antes de empezar a construir.- Al parecer no estaba muy satisfecho con aquel cigarro y lo aplastó contra el cenicero del coche que ya estaba a rebosar.- No creo que a Mark le importara que ahora sea nuestra.

Nuestra. Cada vez que Frank hablaba de la casa como algo nuestro, de los dos, algo que íbamos a compartir tarde o temprano, hacía que no hubiera nada más en el mundo que nosotros dos y esa casa de madera rodeada de cerezos y chopos.

-Quédate aquí esta noche.- Mi propia voz me sobresaltó. Él me miró directamente a los ojos por un segundo e hizo lo que siempre hacía en esos casos, perder la mirada en sus zapatillas y sonreír a medias; quizá recordando el momento en que muchos meses antes le pedí lo mismo.

Estaba al corriente que a Frank no le gustaba celebrar ese tipo de festividades, que para él sólo eran unos cuantos días más para tachar en el calendario, y de hecho lo mismo era para todos los que estábamos devorando el pavo esa noche… Pero había algo más en él esa víspera de Navidad, con su cabeza azabache gravitando sobre el plato y aquel contagioso halo trágico que lo rodeaba. Tan sólo levantó la mirada de la cena un par de veces y fue para mirar directamente a Clémence, que le devolvió el gesto con una sonrisa angustiosa. Oía a mis padres contar anécdotas sobre mi abuela Daisy y Clémence asentía y reía como conjurando las memorias de unos tiempos que sin duda fueron mejores.  Sin embargo enseguida volvía a posar la vista en Frank, vigilándolo por algún porqué que yo no alcanzaba a comprender.   

Cuando mi madre creyó oportuno que la cena se diese por concluida, mi padre se empeñó en bajar a la despensa a buscar un buen vino para terminar la noche, James alegó que esa noche echaban un especial de una serie que debía ver para poder escribir una crítica en su columna –aunque secretamente todos sabíamos que sólo era una excusa para ir a tumbarse al sofá-, mi madre me pidió que le ayudara a recoger la mesa.
Cuando hube terminado en la cocina y me dirigía al comedor, oí que Clémence y Frank murmuraban algo todavía sentados en sus sillas; escuché mi nombre y no pude evitar espiarles a hurtadillas.   

-Pero ella tiene derecho a saberlo.- Clémence acariciaba el rostro de Frank con los pulgares y le sostenía la barbilla para que la mirara a unos ojos que cada día se tornaban más claros por la edad.

-No puedo decírselo, no sabría como…- La voz de Frank sonó como esa vez que despertó en el sillón de James, mucho más grave y ronca de lo que solía ser. Clémence suspiró y le besó la frente justo antes de que mi padre irrumpiera en el comedor con una botella de vino en cada mano y una sonrisa de oreja a oreja que se veía medio tapada por aquel extravagante bigote. – No se moleste señor Grey, yo ya me iba.

Entré en el comedor seguida por mi madre que volvía con seis copas repartidas entre los huecos de los dedos para que no se le cayeran. Pero para ese momento Frank ya se había levantado de la mesa y estaba excusándose ante mi padre.

-Acompáñale a la puerta, Charlie.- Mi padre se dirigió a mí, rendido por lo cabezota que era Frank.

Éste se despidió de todos con un “gracias por la cena” y una sonrisa a medias, y aunque era yo quien tenía que acompañarlo a la puerta él era quien dirigía la marcha.
Cuando se puso el abrigo se giró hacia mí y me miró a los ojos por primera vez en toda la noche, por un momento pensé que no era el mismo Frank que me había enseñado la cabaña reformada el día anterior pero entonces hizo aparecer una de esas sonrisas que hacían que sus cejas se levantaran formando un par de semicírculos perfectos sobre sus ojos. Para entonces yo ya había abierto la puerta y sentí el viento gélido de la calle contrastar con el calor que sentía en los mofletes.

-Te había traído un regalo,- dijo balanceándose sobre sus talones- lo tengo en el coche.

Y sin mediar más palabra me cogió de la mano y tiró de ella, aún viendo que yo iba sin más abrigo que mi pijama y mis zapatillas. Le maldije decenas de veces hasta que llegamos a su tan adorado vehículo, si se le podía llamar así, me abrió la puerta del copiloto y en menos de unos cinco segundos él ya estaba en su asiento. Me costaba mirarle a la cara sabiendo que guardaba un secreto que no quería contarme pero que Clémence ya sabía. Se volvió para coger una pequeña caja cuadrada de la parte trasera y me la tendió con un fulgor especial en los ojos que me pedían que abriera ese paquete envuelto en un papel verde brillante. Lo hice despacio, mis dedos se movían cautelosos quitando los trocitos de pegamento para no romper el papel, provocando así que Frank se pusiera ansioso y arrancara él mismo unos trozos de la resplandeciente envoltura.
De la pequeña caja saqué una cámara de fotos automática, una Polaroid antigua pero en perfecto estado.

-Un día vaciando el desván de Clémence la encontré, me dijo que podía quedármela si quería pero yo no sé tirar fotos, y además no tengo nada que inmortalizar si tú estás en Alaska.

Le observé a través del objetivo y tuve la tentación de disparar un par de veces pero no lo hice. La voz de Miranda se atornillaba en mi cabeza repitiéndome que lo hiciera, que ese era el momento oportuno, y me convenció de hacerlo, sólo tenía que acercar un poco mis labios a los suyos, quizá él pusiera algo de su parte también, y besarle, y besarle otra vez, hasta que mis padres salieran al porche para ver dónde se había metido su hija, en pijama y a esas horas. “Qué disparate.” Pensé con mi propia voz de repente y la voz de Miranda se apagó como se apaga una vela al soplar.

-Muchas gracias, señor Mayhew.- Pronuncié tras un corto abrazo. Pero aún tenía que decir algo más, algo que quizá no obtendría ninguna respuesta pero que yo quería y debía solventar.- Antes te he oído hablar con Clémence sobre algo que no podías contarme.

Se me quedó mirando con los ojos llenos de aprensión, le brillaban bajo la luz de las farolas de la avenida, que eran lo único que aportaba algo de luminosidad esa noche pues la luna estaba completamente oculta tras nubarrones tan negros como el pelo de Frank.

-Si te sirve de consuelo, no he oído nada más.- Intenté quitarle hierro al asunto con una voz que intentó sonar despreocupada pero que en realidad inundó el coche de un vapor espeso que parecía ahogarnos a los dos. Incluso la cámara quería escaparse de mis manos y volver al desván.  Pero por lo visto había perdido todo el juicio que me quedaba esa noche y mi voz salió a flote de nuevo.- Sólo que no me parece justo que me ocultes las cosas.

El temor que reinaba en sus ojos se tornó tristeza por un momento y vi lo que me pareció una sonrisa desganada en sus finos labios. Acercó la mano a mi pelo e instintivamente cerré los ojos, mis propias manos me sudaban tanto y el corazón me latía tan rápido que temí que la cámara saliera despedida y se hiciera añicos. Y así en la más completa oscuridad sentía sus dedos deslizarse entre las ondas de mi pelo, acompasados con mi respiración; y su aliento chocaba contra mi cara a cada bocanada de aire que daba.

-Tienes que prometerme algo.- Musitó en un resuello que colisionó contra una de mis mejillas e hizo que su calor se filtrara en mi piel hasta calarme los huesos. Apenas pronuncié un “Lo que sea” que, aunque fuera plenamente honesto, sonó tan flojito que temí que sólo hubiera sido otro de mis pensamientos. – No quiero que esto cambie lo que piensas de mí.

Abrí los ojos y me encontré de frente con los suyos, que estaban mucho más cerca de lo que había intuido, sus dedos seguían bailando en mi cabello, enredando mechones que se veían de color Burdeos en la oscuridad. Él no tenía ni idea de lo que yo pensaba de él, por supuesto; no podía intuir ni un mínimo ápice de lo que significaba para mí, sin sensiblerías ni romanticismo de por medio.  Marqué una cruz en mi pecho con el índice, él sonrió e hizo lo propio; habíamos conjurado una promesa inquebrantable.

-Verás, yo…- Empezó a hablar, acomodándose en su asiento y fijando la vista en una de las farolas de la acera.

Estaba al corriente que a Frank no le gustaba celebrar ese tipo de festividades, que para él sólo eran unos cuantos días más para tachar en el calendario, y de hecho lo mismo era para todos los que estábamos devorando el pavo esa noche… Pero había algo más en él esa víspera de Navidad, con su cabeza azabache gravitando sobre el plato y aquel contagioso halo trágico que lo rodeaba. Tan sólo levantó la mirada de la cena un par de veces y fue para mirar directamente a Clémence, que le devolvió el gesto con una sonrisa angustiosa. Oía a mis padres contar anécdotas sobre mi abuela Daisy y Clémence asentía y reía como conjurando las memorias de unos tiempos que sin duda fueron mejores.  Sin embargo enseguida volvía a posar la vista en Frank, vigilándolo por algún porqué que yo no alcanzaba a comprender.   

Cuando mi madre creyó oportuno que la cena se diese por concluida, mi padre se empeñó en bajar a la despensa a buscar un buen vino para terminar la noche, James alegó que esa noche echaban un especial de una serie que debía ver para poder escribir una crítica en su columna –aunque secretamente todos sabíamos que sólo era una excusa para ir a tumbarse al sofá-, mi madre me pidió que le ayudara a recoger la mesa.

Cuando hube terminado en la cocina y me dirigía al comedor, oí que Clémence y Frank murmuraban algo todavía sentados en sus sillas; escuché mi nombre y no pude evitar espiarles a hurtadillas.   

-Pero ella tiene derecho a saberlo.- Clémence acariciaba el rostro de Frank con los pulgares y le sostenía la barbilla para que la mirara a unos ojos que cada día se tornaban más claros por la edad.

-No puedo decírselo, no sabría como…- La voz de Frank sonó como esa vez que despertó en el sillón de James, mucho más grave y ronca de lo que solía ser. Clémence suspiró y le besó la frente justo antes de que mi padre irrumpiera en el comedor con una botella de vino en cada mano y una sonrisa de oreja a oreja que se veía medio tapada por aquel extravagante bigote. – No se moleste señor Grey, yo ya me iba.

Entré en el comedor seguida por mi madre que volvía con seis copas repartidas entre los huecos de los dedos para que no se le cayeran. Pero para ese momento Frank ya se había levantado de la mesa y estaba excusándose ante mi padre.

-Acompáñale a la puerta, Charlie.- Mi padre se dirigió a mí, rendido por lo cabezota que era Frank.

Éste se despidió de todos con un “gracias por la cena” y una sonrisa a medias, y aunque era yo quien tenía que acompañarlo a la puerta él era quien dirigía la marcha.

Cuando se puso el abrigo se giró hacia mí y me miró a los ojos por primera vez en toda la noche, por un momento pensé que no era el mismo Frank que me había enseñado la cabaña reformada el día anterior pero entonces hizo aparecer una de esas sonrisas que hacían que sus cejas se levantaran formando un par de semicírculos perfectos sobre sus ojos. Para entonces yo ya había abierto la puerta y sentí el viento gélido de la calle contrastar con el calor que sentía en los mofletes.

-Te había traído un regalo,- dijo balanceándose sobre sus talones- lo tengo en el coche.

Y sin mediar más palabra me cogió de la mano y tiró de ella, aún viendo que yo iba sin más abrigo que mi pijama y mis zapatillas. Le maldije decenas de veces hasta que llegamos a su tan adorado vehículo, si se le podía llamar así, me abrió la puerta del copiloto y en menos de unos cinco segundos él ya estaba en su asiento. Me costaba mirarle a la cara sabiendo que guardaba un secreto que no quería contarme pero que Clémence ya sabía. Se volvió para coger una pequeña caja cuadrada de la parte trasera y me la tendió con un fulgor especial en los ojos que me pedían que abriera ese paquete envuelto en un papel verde brillante. Lo hice despacio, mis dedos se movían cautelosos quitando los trocitos de pegamento para no romper el papel, provocando así que Frank se pusiera ansioso y arrancara él mismo unos trozos de la resplandeciente envoltura.

De la pequeña caja saqué una cámara de fotos automática, una Polaroid antigua pero en perfecto estado.

-Un día vaciando el desván de Clémence la encontré, me dijo que podía quedármela si quería pero yo no sé tirar fotos, y además no tengo nada que inmortalizar si tú estás en Alaska.

Le observé a través del objetivo y tuve la tentación de disparar un par de veces pero no lo hice. La voz de Miranda se atornillaba en mi cabeza repitiéndome que lo hiciera, que ese era el momento oportuno, y me convenció de hacerlo, sólo tenía que acercar un poco mis labios a los suyos, quizá él pusiera algo de su parte también, y besarle, y besarle otra vez, hasta que mis padres salieran al porche para ver dónde se había metido su hija, en pijama y a esas horas. “Qué disparate.” Pensé con mi propia voz de repente y la voz de Miranda se apagó como se apaga una vela al soplar.

-Muchas gracias, señor Mayhew.- Pronuncié tras un corto abrazo. Pero aún tenía que decir algo más, algo que quizá no obtendría ninguna respuesta pero que yo quería y debía solventar.- Antes te he oído hablar con Clémence sobre algo que no podías contarme.

Se me quedó mirando con los ojos llenos de aprensión, le brillaban bajo la luz de las farolas de la avenida, que eran lo único que aportaba algo de luminosidad esa noche pues la luna estaba completamente oculta tras nubarrones tan negros como el pelo de Frank.

-Si te sirve de consuelo, no he oído nada más.- Intenté quitarle hierro al asunto con una voz que intentó sonar despreocupada pero que en realidad inundó el coche de un vapor espeso que parecía ahogarnos a los dos. Incluso la cámara quería escaparse de mis manos y volver al desván.  Pero por lo visto había perdido todo el juicio que me quedaba esa noche y mi voz salió a flote de nuevo.- Sólo que no me parece justo que me ocultes las cosas.

El temor que reinaba en sus ojos se tornó tristeza por un momento y vi lo que me pareció una sonrisa desganada en sus finos labios. Acercó la mano a mi pelo e instintivamente cerré los ojos, mis propias manos me sudaban tanto y el corazón me latía tan rápido que temí que la cámara saliera despedida y se hiciera añicos. Y así en la más completa oscuridad sentía sus dedos deslizarse entre las ondas de mi pelo, acompasados con mi respiración; y su aliento chocaba contra mi cara a cada bocanada de aire que daba.

-Tienes que prometerme algo.- Musitó en un resuello que colisionó contra una de mis mejillas e hizo que su calor se filtrara en mi piel hasta calarme los huesos. Apenas pronuncié un “Lo que sea” que, aunque fuera plenamente honesto, sonó tan flojito que temí que sólo hubiera sido otro de mis pensamientos. – No quiero que esto cambie lo que piensas de mí.

Abrí los ojos y me encontré de frente con los suyos, que estaban mucho más cerca de lo que había intuido, sus dedos seguían bailando en mi cabello, enredando mechones que se veían de color Burdeos en la oscuridad. Él no tenía ni idea de lo que yo pensaba de él, por supuesto; no podía intuir ni un mínimo ápice de lo que significaba para mí, sin sensiblerías ni romanticismo de por medio.  Marqué una cruz en mi pecho con el índice, él sonrió e hizo lo propio; habíamos conjurado una promesa inquebrantable.

-Verás, yo…- Empezó a hablar, acomodándose en su asiento y fijando la vista en una de las farolas de la acera.

La guitarra de Johnny Cash empezó a puntear en el radiocasete del Ford rojo y los labios de Frank se descosieron en una sonrisa. Recorrimos las calles de Belleville en silencio, que se rompió un par de veces en que las canciones requerían de nuestra voz para cantar a dúo, hasta llegar al barrio de Morningside.  No hizo falta que me explicara donde íbamos pues sabía perfectamente que la casa de Clémence era una parada obligatoria; bajamos del coche y para mí disgusto me percaté de que mi anciana amiga no había salido a quitar la nieve del porche así que tuve que atravesar la entrada con suma cautela y con unos pasos lentos que provocaban una risa entre dientes a quien iba a mis espaldas, que andaba con seguridad por encima de mis pisadas.

Como de costumbre, la puerta no estaba cerrada con llave así que me tomé la libertad de entrar sin llamar; en seguida me invadió un aroma a limón y me guié por la música que provenía de una de las habitaciones. La canción del tocadiscos estaba en italiano y oía a Frank tararearla a unos pasos de mí, Clémence ponía esa misma canción siempre que se encontraba de buen humor, que era prácticamente cada día. Llegué hasta el lindar de la puerta de su habitación y me paré a contemplarla, estaba sentada en un tocador enorme de espejos repleto de fotografías antiguas, vasos con flores secas y bisutería, mientras trenzaba su larga cabellera blanca y le cantaba a su reflejo con una sonrisa. Llevaba puesto un vestido morado de seda y una bata de satén negro, y se veía mucho más joven de lo que yo calculaba que era.

-¡Charlie!- Su sonrisa se ensanchó aún más cuando me vio en su tocador y se levantó en un santiamén con una agilidad envidiable. Me hundió entre sus brazos y besándome las mejillas decenas de veces le rogó a Frank que nos trajera el té de limón al salón.

Nos sentamos en unas butacas de cuero negras mientras Joséphine, la vieja gata gris de Clémence dormía en su regazo. Frank se había ofrecido a sacar la nieve de la entrada y yo le observaba desde el ventanal pensando en si le haría caso a Miranda o no. Esperé a que la cucharada de miel que le había echado a mi té se disolviera y sorbí de la taza de porcelana.

-Se ha pasado estos tres meses más callado de lo normal, y cuando habla es sobre ti.- La voz de Clémence me leyó el pensamiento y me dedicó una sonrisa de afecto cuando la miré para después encogerme de hombros. De repente su expresión cambió y se aclaró la garganta.- Me recuerdas mucho a tu abuela, Charlie.

-Ella era mucho más interesante que yo.- Repliqué sin apartar la vista del cristal, y sin entender a que venía eso. Ella solamente sonrió y tras un suspiro se sirvió otra taza de té, despertando a Joséphine de su sueño, la gata salió como un rayo hacia algún lugar del pasillo. Comprendí que  Clémence había sido la única amiga de mi abuela y por ello su confidente así que le pregunté.- Nunca se enamoró de nadie ¿verdad?

-Daisy vivió toda su vida enamorada,- sonrió ella, pero de una forma melancólica que se la llevó a otro lugar- enamorada de la libertad. Nunca quiso anclarse a nadie, aunque muchos fueron los que deseaban que les correspondiera; ni siquiera el nacimiento de tu padre hizo que sentara la cabeza y lo crió sola en un pequeño apartamento de la calle Nixon, en el mismo edificio donde vive Frank ahora. Por aquel entonces estaba mal visto que una mujer tan joven tuviera un hijo de un padre no reconocido y encima lo criara sola entre jazz y pipas de fumar. Sin embargo, tu padre era su vida, y luego James pero en especial tú. Veía en ti algo que no veía en los demás, creo que se veía a si misma de joven y eso le hacía revivir, tú le dabas vida mientras la enfermedad se la quitaba.

Atendí a sus palabras con atención, siempre que se hablaba de mi abuela tenía la sensación de estar escuchando un cuento o una novela negra. Me fijé en un retrato que había colgado en la pared del salón entre recortes de revistas, dibujos y recetas de pasteles; En él se veía claramente a Clémence con la misma mirada enigmática y esa aura que siempre la envolvía y a su lado mi abuela, cuando apenas tendrían unos veinte años.  Las dos vestían unas faldas hasta la rodilla y les volaba por todas partes, sonreían a la cámara con entusiasmo cogidas de la mano. No entendía como mi abuela podía verse reflejada en mí… Estaba segura que hasta entonces nunca había sonreído de esa manera tan delirante, y mucho menos había vestido una falda así. Miré a la Clémence de carne y hueso que estaba a mi lado y me pregunté porqué ella nunca había formado una familia.

-¿Y tú?- Inquirí fijándome en todos los aros plateados que le recorrían las orejas de arriba a abajo, me  miró interrogante sin comprender que quería decir.- ¿Nunca te has enamorado?

- Por supuesto.- Se sacó un medallón de esmeralda que llevaba guardado en el escote, lo  giró y me lo tendió para que lo viera. En él se podía leer: “Para la luz que reina sobre mi oscuridad. ZC1954”- Se llamaba Zack y murió en el servicio militar dos semanas antes de casarnos. 

-Lo siento.- Respondí devolviéndole el colgante, que me pesaba toneladas en las manos después de leer aquella frase. -Me miró con lágrimas en los ojos que en seguida secó con una de la mangas de aquel batín y me acarició la cara con una sonrisa triste en sus labios apergaminados.

- Tú también eres luz para alguien, créeme.

Perdí la vista en la ventana, y advertí que Frank ya no estaba fuera. Apareció un segundo más tarde con Joséphine entre los brazos y arañazos en las mejillas.

-Esto es lo que recoges cuando intentas rescatar a un estúpido gato que se ha subido a la rama de un árbol.- Dijo señalándose la cara mientras Joséphine corría a los brazos de su dueña. Clémence y yo no miramos confidentes y nos aguantamos la risa.

Después de la visita a Clémence, la cual insistió en darnos una tarta de fresa que había preparado el día anterior, me encontré sentada de nuevo en aquella chatarra de coche rumbo a las afueras. Esta vez sin música de fondo, sólo el rugido del viejo motor imperaba sobre el silencio. Paró en seco justo después de coger el pequeño sendero de tierra que llevaba hasta la cabaña abandonada.

-Este tramo lo haremos andando.- Murmuró, y cuando vio mi cara de terror al ver la cantidad de nieve repuso.- Ayer nevó mucho y el coche no pasará por aquí.

Y nos encontramos atravesando un atajo de árboles y una capa de nieve que hacía que mis botas se hundieran hasta más arriba del tobillo, en medio de una niebla que impedía que viera más allá de dos palmos delante de mi barbilla. Frank lideraba la ruta y me estiraba de la mano cada cinco segundos para que me diera más prisa, mientras yo luchaba por no tirar al suelo la tarta de Clémence que transportaba en la otra mano.  Al cabo de lo que bien pudieron ser unos pocos minutos o media hora distinguí una estructura cúbica que se alzaba entre cerezos, sauces y chopos desnudos.

Frank abrió la puerta de la casa con una llave, lo cual significaba que ya no tenía un cartón con una grosería escrita en él como entrada. El interior era totalmente diferente a como lo habíamos encontrado, las paredes se sostenían en pie y no había ninguna gotera en el techo, es más, en la parte más alta del tejado había unas cristaleras enormes, y el suelo ya no estaba poblado por baldosas resquebrajadas si no que estaba cubierto por una madera oscura que hacía unos dibujos circulares. Y lo mejor de todo, el cerezo que anteriormente había amenazado con partir la casa en dos estaba situado justo en el centro de la cabaña y era el único elemento que había dentro de ella pues, aunque ya había construidas unas ventanas con cristales e incluso una pequeña chimenea improvisada con unas placas de acero, todavía no había ningún mueble a la vista. Todo olía a madera y a la fresa de la tarta de Clémence.

-¿Te gusta?- Preguntó Frank con una sonrisa inquieta, contemplando su obra con orgullo.

-¿Bromeas? Es perfecto.- Repliqué yo rodeando el cerezo en que había algo inscrito, una D enlazada con una J dentro de un corazón.- ¿Y esto?

-Ya estaba ahí cuando decidimos ensanchar la casa por detrás y no tuve agallas para arrancarlo, pensé que este lugar pertenecía al árbol antes que a mí así que lo dejamos como estaba. En cuanto al corazón… Supongo que muchas parejas han venido aquí clandestinamente a dar rienda suelta a la pasión.- Dijo eso último en una risita y fijó la mirada en el suelo rápidamente.

-¿Pero de dónde has sacado todo esto?

-Sólo es madera y cristal… Lo he tenido que hacer sólo, con la ayuda de James últimamente, pero no importa, ha merecido la pena.- Me fijé en sus manos que se habían despojado de esos guantes sin sentido recortados por los dedos, y como ya imaginaba las encontré llenas de cortes, algunos más recientes que otros. Sabía de un profesor que iba a estar harto de ver manos en mis trabajos de nuevo.

-Y… ¿Hay algo en lo que pueda ayudar?

-En realidad…- musitó dubitativo, mientras echaba unas ramas apiladas al pequeño calefactor y les prendía fuego con el mechero de gasolina que siempre llevaba en el bolsillo trasero de los pantalones vaqueros. – Tengo un encargo especial para ti, quiero que pintes las paredes, que dibujes en ellas.  

-¿Estás seguro? Porque al fin y al cabo esta va a ser tu casa y no quiero estropearla…- murmuré yo, sentándome frente a las llamas mientras Frank partía un trozo de tarta para cada uno a mi lado con un cuchillo de plástico blanco que Clémence había metido en la cesta de la tarta.

-Confío en ti.- Engulló un trozo del pastel de fresas y me miró para que le diera una respuesta, sus ojos parecían naranjas a la luz del fuego.

-Está bien.- Una sonrisa que me mostraba todos y cada uno de sus pequeños dientes apareció en su rostro.


Aquella tarde le expliqué la historia que me había contado Clémence sobre su juventud, y sobre la juventud de mi abuela, sobre Miranda y sus excentricidades, y él me  habló sobre su madre, Linda; por lo visto Frank la había llamado para desearle una feliz Navidad y ella le informó que iba a casarse con su novio, el mismo novio al que Frank había quemado los papeles de la oficina una vez.

-No pensarás pasar la Navidad solo ¿verdad? – Le interrumpí en un momento de la conversación.

-¿Y qué más da?  Sabes cuánto odio este tipo de celebraciones.

-Lo sé, pero no me gusta que pases un día así sin recordarle a nadie cuánto lo odias.- Se encogió de hombros y volvió a perder la mirada en las llamas.- Te vendrás conmigo, e invitaremos a Clémence también. 

La guitarra de Johnny Cash empezó a puntear en el radiocasete del Ford rojo y los labios de Frank se descosieron en una sonrisa. Recorrimos las calles de Belleville en silencio, que se rompió un par de veces en que las canciones requerían de nuestra voz para cantar a dúo, hasta llegar al barrio de Morningside.  No hizo falta que me explicara donde íbamos pues sabía perfectamente que la casa de Clémence era una parada obligatoria; bajamos del coche y para mí disgusto me percaté de que mi anciana amiga no había salido a quitar la nieve del porche así que tuve que atravesar la entrada con suma cautela y con unos pasos lentos que provocaban una risa entre dientes a quien iba a mis espaldas, que andaba con seguridad por encima de mis pisadas.

Como de costumbre, la puerta no estaba cerrada con llave así que me tomé la libertad de entrar sin llamar; en seguida me invadió un aroma a limón y me guié por la música que provenía de una de las habitaciones. La canción del tocadiscos estaba en italiano y oía a Frank tararearla a unos pasos de mí, Clémence ponía esa misma canción siempre que se encontraba de buen humor, que era prácticamente cada día. Llegué hasta el lindar de la puerta de su habitación y me paré a contemplarla, estaba sentada en un tocador enorme de espejos repleto de fotografías antiguas, vasos con flores secas y bisutería, mientras trenzaba su larga cabellera blanca y le cantaba a su reflejo con una sonrisa. Llevaba puesto un vestido morado de seda y una bata de satén negro, y se veía mucho más joven de lo que yo calculaba que era.

-¡Charlie!- Su sonrisa se ensanchó aún más cuando me vio en su tocador y se levantó en un santiamén con una agilidad envidiable. Me hundió entre sus brazos y besándome las mejillas decenas de veces le rogó a Frank que nos trajera el té de limón al salón.

Nos sentamos en unas butacas de cuero negras mientras Joséphine, la vieja gata gris de Clémence dormía en su regazo. Frank se había ofrecido a sacar la nieve de la entrada y yo le observaba desde el ventanal pensando en si le haría caso a Miranda o no. Esperé a que la cucharada de miel que le había echado a mi té se disolviera y sorbí de la taza de porcelana.

-Se ha pasado estos tres meses más callado de lo normal, y cuando habla es sobre ti.- La voz de Clémence me leyó el pensamiento y me dedicó una sonrisa de afecto cuando la miré para después encogerme de hombros. De repente su expresión cambió y se aclaró la garganta.- Me recuerdas mucho a tu abuela, Charlie.

-Ella era mucho más interesante que yo.- Repliqué sin apartar la vista del cristal, y sin entender a que venía eso. Ella solamente sonrió y tras un suspiro se sirvió otra taza de té, despertando a Joséphine de su sueño, la gata salió como un rayo hacia algún lugar del pasillo. Comprendí que  Clémence había sido la única amiga de mi abuela y por ello su confidente así que le pregunté.- Nunca se enamoró de nadie ¿verdad?

-Daisy vivió toda su vida enamorada,- sonrió ella, pero de una forma melancólica que se la llevó a otro lugar- enamorada de la libertad. Nunca quiso anclarse a nadie, aunque muchos fueron los que deseaban que les correspondiera; ni siquiera el nacimiento de tu padre hizo que sentara la cabeza y lo crió sola en un pequeño apartamento de la calle Nixon, en el mismo edificio donde vive Frank ahora. Por aquel entonces estaba mal visto que una mujer tan joven tuviera un hijo de un padre no reconocido y encima lo criara sola entre jazz y pipas de fumar. Sin embargo, tu padre era su vida, y luego James pero en especial tú. Veía en ti algo que no veía en los demás, creo que se veía a si misma de joven y eso le hacía revivir, tú le dabas vida mientras la enfermedad se la quitaba.

Atendí a sus palabras con atención, siempre que se hablaba de mi abuela tenía la sensación de estar escuchando un cuento o una novela negra. Me fijé en un retrato que había colgado en la pared del salón entre recortes de revistas, dibujos y recetas de pasteles; En él se veía claramente a Clémence con la misma mirada enigmática y esa aura que siempre la envolvía y a su lado mi abuela, cuando apenas tendrían unos veinte años.  Las dos vestían unas faldas hasta la rodilla y les volaba por todas partes, sonreían a la cámara con entusiasmo cogidas de la mano. No entendía como mi abuela podía verse reflejada en mí… Estaba segura que hasta entonces nunca había sonreído de esa manera tan delirante, y mucho menos había vestido una falda así. Miré a la Clémence de carne y hueso que estaba a mi lado y me pregunté porqué ella nunca había formado una familia.

-¿Y tú?- Inquirí fijándome en todos los aros plateados que le recorrían las orejas de arriba a abajo, me  miró interrogante sin comprender que quería decir.- ¿Nunca te has enamorado?

- Por supuesto.- Se sacó un medallón de esmeralda que llevaba guardado en el escote, lo  giró y me lo tendió para que lo viera. En él se podía leer: “Para la luz que reina sobre mi oscuridad. ZC1954”- Se llamaba Zack y murió en el servicio militar dos semanas antes de casarnos. 

-Lo siento.- Respondí devolviéndole el colgante, que me pesaba toneladas en las manos después de leer aquella frase. -Me miró con lágrimas en los ojos que en seguida secó con una de la mangas de aquel batín y me acarició la cara con una sonrisa triste en sus labios apergaminados.

- Tú también eres luz para alguien, créeme.

Perdí la vista en la ventana, y advertí que Frank ya no estaba fuera. Apareció un segundo más tarde con Joséphine entre los brazos y arañazos en las mejillas.

-Esto es lo que recoges cuando intentas rescatar a un estúpido gato que se ha subido a la rama de un árbol.- Dijo señalándose la cara mientras Joséphine corría a los brazos de su dueña. Clémence y yo no miramos confidentes y nos aguantamos la risa.

Después de la visita a Clémence, la cual insistió en darnos una tarta de fresa que había preparado el día anterior, me encontré sentada de nuevo en aquella chatarra de coche rumbo a las afueras. Esta vez sin música de fondo, sólo el rugido del viejo motor imperaba sobre el silencio. Paró en seco justo después de coger el pequeño sendero de tierra que llevaba hasta la cabaña abandonada.

-Este tramo lo haremos andando.- Murmuró, y cuando vio mi cara de terror al ver la cantidad de nieve repuso.- Ayer nevó mucho y el coche no pasará por aquí.

Y nos encontramos atravesando un atajo de árboles y una capa de nieve que hacía que mis botas se hundieran hasta más arriba del tobillo, en medio de una niebla que impedía que viera más allá de dos palmos delante de mi barbilla. Frank lideraba la ruta y me estiraba de la mano cada cinco segundos para que me diera más prisa, mientras yo luchaba por no tirar al suelo la tarta de Clémence que transportaba en la otra mano.  Al cabo de lo que bien pudieron ser unos pocos minutos o media hora distinguí una estructura cúbica que se alzaba entre cerezos, sauces y chopos desnudos.

Frank abrió la puerta de la casa con una llave, lo cual significaba que ya no tenía un cartón con una grosería escrita en él como entrada. El interior era totalmente diferente a como lo habíamos encontrado, las paredes se sostenían en pie y no había ninguna gotera en el techo, es más, en la parte más alta del tejado había unas cristaleras enormes, y el suelo ya no estaba poblado por baldosas resquebrajadas si no que estaba cubierto por una madera oscura que hacía unos dibujos circulares. Y lo mejor de todo, el cerezo que anteriormente había amenazado con partir la casa en dos estaba situado justo en el centro de la cabaña y era el único elemento que había dentro de ella pues, aunque ya había construidas unas ventanas con cristales e incluso una pequeña chimenea improvisada con unas placas de acero, todavía no había ningún mueble a la vista. Todo olía a madera y a la fresa de la tarta de Clémence.

-¿Te gusta?- Preguntó Frank con una sonrisa inquieta, contemplando su obra con orgullo.

-¿Bromeas? Es perfecto.- Repliqué yo rodeando el cerezo en que había algo inscrito, una D enlazada con una J dentro de un corazón.- ¿Y esto?

-Ya estaba ahí cuando decidimos ensanchar la casa por detrás y no tuve agallas para arrancarlo, pensé que este lugar pertenecía al árbol antes que a mí así que lo dejamos como estaba. En cuanto al corazón… Supongo que muchas parejas han venido aquí clandestinamente a dar rienda suelta a la pasión.- Dijo eso último en una risita y fijó la mirada en el suelo rápidamente.

-¿Pero de dónde has sacado todo esto?

-Sólo es madera y cristal… Lo he tenido que hacer sólo, con la ayuda de James últimamente, pero no importa, ha merecido la pena.- Me fijé en sus manos que se habían despojado de esos guantes sin sentido recortados por los dedos, y como ya imaginaba las encontré llenas de cortes, algunos más recientes que otros. Sabía de un profesor que iba a estar harto de ver manos en mis trabajos de nuevo.

-Y… ¿Hay algo en lo que pueda ayudar?

-En realidad…- musitó dubitativo, mientras echaba unas ramas apiladas al pequeño calefactor y les prendía fuego con el mechero de gasolina que siempre llevaba en el bolsillo trasero de los pantalones vaqueros. – Tengo un encargo especial para ti, quiero que pintes las paredes, que dibujes en ellas.  

-¿Estás seguro? Porque al fin y al cabo esta va a ser tu casa y no quiero estropearla…- murmuré yo, sentándome frente a las llamas mientras Frank partía un trozo de tarta para cada uno a mi lado con un cuchillo de plástico blanco que Clémence había metido en la cesta de la tarta.

-Confío en ti.- Engulló un trozo del pastel de fresas y me miró para que le diera una respuesta, sus ojos parecían naranjas a la luz del fuego.

-Está bien.- Una sonrisa que me mostraba todos y cada uno de sus pequeños dientes apareció en su rostro.

Aquella tarde le expliqué la historia que me había contado Clémence sobre su juventud, y sobre la juventud de mi abuela, sobre Miranda y sus excentricidades, y él me  habló sobre su madre, Linda; por lo visto Frank la había llamado para desearle una feliz Navidad y ella le informó que iba a casarse con su novio, el mismo novio al que Frank había quemado los papeles de la oficina una vez.

-No pensarás pasar la Navidad solo ¿verdad? – Le interrumpí en un momento de la conversación.

-¿Y qué más da?  Sabes cuánto odio este tipo de celebraciones.

-Lo sé, pero no me gusta que pases un día así sin recordarle a nadie cuánto lo odias.- Se encogió de hombros y volvió a perder la mirada en las llamas.- Te vendrás conmigo, e invitaremos a Clémence también. 

Los primeros meses en Alaska fueron especialmente duros y pesados, por no hablar del frío. Intentaba telefonear a casa y a Frank y Clémence al menos una vez por semana desde el aparato de la residencia de estudiantes, en la que compartía habitación con Miranda, una futura periodista que hablaba por los codos. A decir verdad mi compañera no estaba del todo mal; traía a la mayoría de los chicos de la residencia de cabeza paseándose por el pasillo con lo que a ella le gustaba llamar pijama, que no era más que un conjunto de lencería y un batín que podrían ser considerados pecado, sin embargo me confesó que en Seattle le esperaba una chica llamada Lucy que era mucho mejor que todos los hombres del mundo juntos. Me explicaba toda clase de aventuras amorosas y asuntos de faldas que había tenido que yo escuchaba sin interrumpir mientras engullía el sándwich que nos tocaba esa noche para cenar.

Al final de la semana, cuando por fin escuchaba la voz de Frank al otro lado del auricular del teléfono, le explicaba todo lo que Miranda me explicaba y él se reía y me aseguraba que la mitad de las cosas que me contaba no tenían ni un ápice de real. Pero no me importaba, a mí me parecían historias fantásticas.

Por otra parte, en las clases de dibujo  del señor Weinberg, que parecía sacado de una película de Woody Allen, sólo podía concentrarme en dibujar una cosa, mi imaginación sólo veía las manos de Frank recogiendo las flores del jardín de Clémence, mi cuaderno de dibujo se llenó rápidamente de sus manos tallando los rosales, sus manos con azaleas, margaritas, tulipanes, girasoles, lilas y toda las clases de flores que mi mente podía llegar a recordar. Por supuesto para el señor Weinberg las manos de Frank no eran suficientes para aprobar y así me lo hizo saber, según él “debía dejar de dibujar esos nudillos huesudos y esas palmas llenas de cortes y centrarme en otras cosas.” Así que dejé de dibujar sus manos y empecé a dibujar su pelo, su cuello, su rostro en general, desde todos los ángulos habidos y por haber, a dibujar los tatuajes que salpicaban su cuerpo, los pájaros, las estrellas, a Linda, y a las demás obras de arte que tenía dibujadas en él para siempre.

Una noche en que estaba intentando que el burdo intento de dibujar su sonrisa le hiciera algo de juicio, Miranda se acercó por detrás al escritorio y me robó a traición el tercer bloc que había llenado de Frank.

-¿Por qué no me habías dicho que tenías novio?- Preguntó en una carcajada mientras hojeaba el cuaderno.

-No tiene gracia, devuélvemelo. Y no es mi novio.- Ella volvió a reírse pero me tendió el cuaderno en seguida.

De todas formas, Miranda me obligó a explicarle quién era el “desmembrado de mis bocetos”, puesto que jamás llegué a dibujarle entero,  y eso hice; hablé sobre el chico nuevo del instituto, el que había llegado unos meses antes de la graduación, del chico que se escondió del mundo en un cementerio, del chico que durmió bajo mi techo y del que soñaba con vivir en una casa que estaba hecha añicos. Todo me pareció bastante idílico al hablarle sobre Frank así que no me sorprendió la pregunta que formuló después.

-Y… ¿No le has besado aún?

La idea de acercarme a él para ese propósito me parecía sencillamente a años luz de mi alcance, el simple hecho de pensar en ello hacía que todo me diera vueltas y tuviera que agarrarme a algo para no caer presa del pánico. Besarle me parecía un disparate, algo inconcebible, a él o a cualquier otro. La única vez que mis labios se habían encontrado con otros fue a los trece años, con Danny, y sólo para que le dijera qué tal se le daba antes de probarlo de verdad con Amanda, su primera novia.
Consideraba que eso no estaba hecho para mí, que yo no necesitaba un príncipe azul, ni de ningún otro color, que iba a vivir el resto de mis días encerrada en lo alto de un torreón leyendo libros sobre mujeres con vidas mucho más apasionantes que la mía.  Y era algo que hacía que me sintiera escéptica y curiosa al mismo tiempo, un sentimiento ambiguo y contrario que me hacía pensar que era lo suficientemente independiente como para poder sobrevivir sin tener que encontrar a la mitad de la naranja que me faltaba, pero al mismo tiempo deseaba saber lo que sentía al compartir toda una vida con alguien.
De repente sentí un deseo infinito de hacerlo, de besarle, de decirle que había llenado cuadernos con él y que no podía esperar a que terminara de la semana para oír su voz cansada y quejosa. Así que dejé que Diciembre me trajera las vacaciones de Navidad para volver a casa.

Llegué al aeropuerto de Trenton un viernes por la tarde. James me esperaba en la terminal, traía consigo una barba de tres días y una caja de galletas de coco que no tardé en devorar.  Estuvo hablando todo el trayecto a casa, que fueron como dos horas y media, sobre la obra y milagros de medio Belleville, me contó toda clase de cotilleos, el affair entre la chica del supermercado y Danny, todo lo que Summer había largado de ella y las tardes de fin de semana que pasaba con Frank arreglando la casa. Yo le hablé de Miranda y de lo bien que se llevarían si se conocieran. Él me respondió que todos los periodistas eran igual de charlatanes. A James le gustaba pensar que era periodista, cuando en realidad no era más que un columnista en la gaceta de Belleville en que tenía que opinar sobre videojuegos, programas de televisión y estrenos de cine, pero yo no era nadie para quitarle la ilusión.

En la puerta de casa me esperaban mis padres. Creo que era la primera vez en muchos años que les veía juntos al mismo tiempo en el mismo lugar. Ninguno en la familia  éramos muy efusivos así que recibí una sonrisa y un beso en la frente de cada uno y me senté a la mesa. Cenamos juntos en la pequeña mesa de la cocina mientras me preguntaban cosas sobre el tiempo en Alaska para rellenar el silencio, yo trataba de responder aunque mi mente estuviera ocupada pensando en como actuaría cuando me encontrara con Frank a mediodía.
Esa noche me dormí en cuanto dejé caer el cuerpo sobre la cama que tanto había echado de menos.
La mañana siguiente se me hizo eterna, las horas parecían haberse congelado justo como el patio de afuera, que se convirtió en un terreno resbaladizo y altamente peligroso para alguien con tan poco destreza y agilidad como yo, así que me dediqué a sentarme en el porche y ver como James quitaba a palazos la nieve de la entrada.
El inconfundible coche rojo aparcó delante de casa después de lo que me parecieron años. De él salió un hombre con un abrigo negro y unos guantes recortados por los dedos, algo que me resultó poco productivo puesto que los guantes se utilizan precisamente para guardar los dedos del frío, que en seguida metió las manos en los bolsillos y soltó una bocanada de aire que formó una nubecilla blanca ante su rostro. El pelo le había crecido considerablemente, y se había dejado algo de barba.
Yo seguía sentada en la escalinata de porche, incapaz de mover un solo músculo de mi cuerpo sin parecer hecha de gelatina y sentirme estúpida. Cuando estuvo a escasos metros de mí me dí cuenta que mis dibujos no eran ni una mísera parte de todo lo que él era, de la peculiar belleza que él tenía, de esa forma de mirarme como si yo fuera la única persona que le comprendiera.
Saludó a James con esa media sonrisa que tanto me había obsesionado en dibujar y a la que jamás podría llegar a plasmar de forma fidedigna en un papel y clavó su mirada en la punta de sus zapatos hasta que se paró justo delante de mí y me tendió la mano para que me levantara. Nos abrazamos de una manera torpe y escueta, tal vez los dos habíamos pasado demasiado tiempo pensando en ese momento y después resultó algo incómodo y ridículo.

-¿Estás lista?- Repuso él rápidamente, mirando extrañado mis pantalones de pijama de franela. Yo me encogí de hombros sin saber a qué se refería, se giró hacia James y éste juntó las manos en señal de perdón.- Se suponía que tu hermano tenía que avisarte para que estuvieras vestida.

-Entra, estaré en un minuto.

Subí las escaleras de madera como si me fuera la vida en ello y ataqué a la maleta todavía sin deshacer para encontrar un par de pantalones limpios, rebusqué buscando un jersey de lana gris que Miranda había tejido ella sola y especialmente para mí, había hecho un buen trabajo aunque una manga fuera ligeramente más larga que la otra,  y me puse las botas que menos resbalaban. Me permití mirarme en el espejo por una vez e intenté que  el pelo, que sin la luz del sol de verano había dejado de ser tan rojo, se quedara en su lugar. Estuve a punto de usar el carmín rosa que mi madre me había comprado y yo jamás había usado, pero decidí que los círculos morados bajo mis ojos ya le daban demasiado contraste a mi piel como para pintarme los labios.  Concluí en que ya me había mirado demasiado al espejo y bajé al salón mientras me metía en el abrigo.

-Lista.- Resolví delante de Frank que estaba absorto mirando algo de ahí fuera, se giró hacia mí y con una sonrisa me tomó la mano para guiarme hasta el coche, adivinando que de haber tenido que cruzar el patio yo sola hubiera llegado al coche rojo con aspecto de lata oxidada arrastrándome por el hielo. 
Oí rugir el motor y me acomodé en los asientos de cuero roídos por el tiempo y el uso, Frank se encendió un cigarrillo mientras tarareaba la melodía de una serie de dibujos animados. 

Los primeros meses en Alaska fueron especialmente duros y pesados, por no hablar del frío. Intentaba telefonear a casa y a Frank y Clémence al menos una vez por semana desde el aparato de la residencia de estudiantes, en la que compartía habitación con Miranda, una futura periodista que hablaba por los codos. A decir verdad mi compañera no estaba del todo mal; traía a la mayoría de los chicos de la residencia de cabeza paseándose por el pasillo con lo que a ella le gustaba llamar pijama, que no era más que un conjunto de lencería y un batín que podrían ser considerados pecado, sin embargo me confesó que en Seattle le esperaba una chica llamada Lucy que era mucho mejor que todos los hombres del mundo juntos. Me explicaba toda clase de aventuras amorosas y asuntos de faldas que había tenido que yo escuchaba sin interrumpir mientras engullía el sándwich que nos tocaba esa noche para cenar.

Al final de la semana, cuando por fin escuchaba la voz de Frank al otro lado del auricular del teléfono, le explicaba todo lo que Miranda me explicaba y él se reía y me aseguraba que la mitad de las cosas que me contaba no tenían ni un ápice de real. Pero no me importaba, a mí me parecían historias fantásticas.

Por otra parte, en las clases de dibujo  del señor Weinberg, que parecía sacado de una película de Woody Allen, sólo podía concentrarme en dibujar una cosa, mi imaginación sólo veía las manos de Frank recogiendo las flores del jardín de Clémence, mi cuaderno de dibujo se llenó rápidamente de sus manos tallando los rosales, sus manos con azaleas, margaritas, tulipanes, girasoles, lilas y toda las clases de flores que mi mente podía llegar a recordar. Por supuesto para el señor Weinberg las manos de Frank no eran suficientes para aprobar y así me lo hizo saber, según él “debía dejar de dibujar esos nudillos huesudos y esas palmas llenas de cortes y centrarme en otras cosas.” Así que dejé de dibujar sus manos y empecé a dibujar su pelo, su cuello, su rostro en general, desde todos los ángulos habidos y por haber, a dibujar los tatuajes que salpicaban su cuerpo, los pájaros, las estrellas, a Linda, y a las demás obras de arte que tenía dibujadas en él para siempre.

Una noche en que estaba intentando que el burdo intento de dibujar su sonrisa le hiciera algo de juicio, Miranda se acercó por detrás al escritorio y me robó a traición el tercer bloc que había llenado de Frank.

-¿Por qué no me habías dicho que tenías novio?- Preguntó en una carcajada mientras hojeaba el cuaderno.

-No tiene gracia, devuélvemelo. Y no es mi novio.- Ella volvió a reírse pero me tendió el cuaderno en seguida.

De todas formas, Miranda me obligó a explicarle quién era el “desmembrado de mis bocetos”, puesto que jamás llegué a dibujarle entero,  y eso hice; hablé sobre el chico nuevo del instituto, el que había llegado unos meses antes de la graduación, del chico que se escondió del mundo en un cementerio, del chico que durmió bajo mi techo y del que soñaba con vivir en una casa que estaba hecha añicos. Todo me pareció bastante idílico al hablarle sobre Frank así que no me sorprendió la pregunta que formuló después.

-Y… ¿No le has besado aún?

La idea de acercarme a él para ese propósito me parecía sencillamente a años luz de mi alcance, el simple hecho de pensar en ello hacía que todo me diera vueltas y tuviera que agarrarme a algo para no caer presa del pánico. Besarle me parecía un disparate, algo inconcebible, a él o a cualquier otro. La única vez que mis labios se habían encontrado con otros fue a los trece años, con Danny, y sólo para que le dijera qué tal se le daba antes de probarlo de verdad con Amanda, su primera novia.

Consideraba que eso no estaba hecho para mí, que yo no necesitaba un príncipe azul, ni de ningún otro color, que iba a vivir el resto de mis días encerrada en lo alto de un torreón leyendo libros sobre mujeres con vidas mucho más apasionantes que la mía.  Y era algo que hacía que me sintiera escéptica y curiosa al mismo tiempo, un sentimiento ambiguo y contrario que me hacía pensar que era lo suficientemente independiente como para poder sobrevivir sin tener que encontrar a la mitad de la naranja que me faltaba, pero al mismo tiempo deseaba saber lo que sentía al compartir toda una vida con alguien.

De repente sentí un deseo infinito de hacerlo, de besarle, de decirle que había llenado cuadernos con él y que no podía esperar a que terminara de la semana para oír su voz cansada y quejosa. Así que dejé que Diciembre me trajera las vacaciones de Navidad para volver a casa.

Llegué al aeropuerto de Trenton un viernes por la tarde. James me esperaba en la terminal, traía consigo una barba de tres días y una caja de galletas de coco que no tardé en devorar.  Estuvo hablando todo el trayecto a casa, que fueron como dos horas y media, sobre la obra y milagros de medio Belleville, me contó toda clase de cotilleos, el affair entre la chica del supermercado y Danny, todo lo que Summer había largado de ella y las tardes de fin de semana que pasaba con Frank arreglando la casa. Yo le hablé de Miranda y de lo bien que se llevarían si se conocieran. Él me respondió que todos los periodistas eran igual de charlatanes. A James le gustaba pensar que era periodista, cuando en realidad no era más que un columnista en la gaceta de Belleville en que tenía que opinar sobre videojuegos, programas de televisión y estrenos de cine, pero yo no era nadie para quitarle la ilusión.

En la puerta de casa me esperaban mis padres. Creo que era la primera vez en muchos años que les veía juntos al mismo tiempo en el mismo lugar. Ninguno en la familia  éramos muy efusivos así que recibí una sonrisa y un beso en la frente de cada uno y me senté a la mesa. Cenamos juntos en la pequeña mesa de la cocina mientras me preguntaban cosas sobre el tiempo en Alaska para rellenar el silencio, yo trataba de responder aunque mi mente estuviera ocupada pensando en como actuaría cuando me encontrara con Frank a mediodía.

Esa noche me dormí en cuanto dejé caer el cuerpo sobre la cama que tanto había echado de menos.

La mañana siguiente se me hizo eterna, las horas parecían haberse congelado justo como el patio de afuera, que se convirtió en un terreno resbaladizo y altamente peligroso para alguien con tan poco destreza y agilidad como yo, así que me dediqué a sentarme en el porche y ver como James quitaba a palazos la nieve de la entrada.

El inconfundible coche rojo aparcó delante de casa después de lo que me parecieron años. De él salió un hombre con un abrigo negro y unos guantes recortados por los dedos, algo que me resultó poco productivo puesto que los guantes se utilizan precisamente para guardar los dedos del frío, que en seguida metió las manos en los bolsillos y soltó una bocanada de aire que formó una nubecilla blanca ante su rostro. El pelo le había crecido considerablemente, y se había dejado algo de barba.

Yo seguía sentada en la escalinata de porche, incapaz de mover un solo músculo de mi cuerpo sin parecer hecha de gelatina y sentirme estúpida. Cuando estuvo a escasos metros de mí me dí cuenta que mis dibujos no eran ni una mísera parte de todo lo que él era, de la peculiar belleza que él tenía, de esa forma de mirarme como si yo fuera la única persona que le comprendiera.

Saludó a James con esa media sonrisa que tanto me había obsesionado en dibujar y a la que jamás podría llegar a plasmar de forma fidedigna en un papel y clavó su mirada en la punta de sus zapatos hasta que se paró justo delante de mí y me tendió la mano para que me levantara. Nos abrazamos de una manera torpe y escueta, tal vez los dos habíamos pasado demasiado tiempo pensando en ese momento y después resultó algo incómodo y ridículo.

-¿Estás lista?- Repuso él rápidamente, mirando extrañado mis pantalones de pijama de franela. Yo me encogí de hombros sin saber a qué se refería, se giró hacia James y éste juntó las manos en señal de perdón.- Se suponía que tu hermano tenía que avisarte para que estuvieras vestida.

-Entra, estaré en un minuto.

Subí las escaleras de madera como si me fuera la vida en ello y ataqué a la maleta todavía sin deshacer para encontrar un par de pantalones limpios, rebusqué buscando un jersey de lana gris que Miranda había tejido ella sola y especialmente para mí, había hecho un buen trabajo aunque una manga fuera ligeramente más larga que la otra,  y me puse las botas que menos resbalaban. Me permití mirarme en el espejo por una vez e intenté que  el pelo, que sin la luz del sol de verano había dejado de ser tan rojo, se quedara en su lugar. Estuve a punto de usar el carmín rosa que mi madre me había comprado y yo jamás había usado, pero decidí que los círculos morados bajo mis ojos ya le daban demasiado contraste a mi piel como para pintarme los labios.  Concluí en que ya me había mirado demasiado al espejo y bajé al salón mientras me metía en el abrigo.

-Lista.- Resolví delante de Frank que estaba absorto mirando algo de ahí fuera, se giró hacia mí y con una sonrisa me tomó la mano para guiarme hasta el coche, adivinando que de haber tenido que cruzar el patio yo sola hubiera llegado al coche rojo con aspecto de lata oxidada arrastrándome por el hielo. 

Oí rugir el motor y me acomodé en los asientos de cuero roídos por el tiempo y el uso, Frank se encendió un cigarrillo mientras tarareaba la melodía de una serie de dibujos animados. 

-No voy a mentir y decir que siento marcharme, si eso es lo que has venido a buscar.- Le dije el último sábado de agosto, mientras echaba toda la ropa de mi armario, que no era demasiada, a una de las maletas.

-Charlie, ya es hora de dejar de actuar como críos y afrontar la realidad.- Le oí responder justo detrás de mí, después de uno de sus largos suspiros.

Me giré para mirarle a los ojos, pero como siempre su mirada estaba entretenida en la punta de sus zapatillas, con las manos en los bolsillos y balanceándose sobre sí mismo. Si lo que pretendía era parecer un adulto desde luego lo estaba haciendo bastante mal, si es cierto que había cambiado; su cuerpo había crecido, el ejercicio físico del trabajo había hecho que adquiriera cierta musculatura en los brazos y dejara que ser un chico con un palo colgando de cada lado del tronco, sus rasgos eran más marcados y se le había endurecido la línea de la barbilla; pero a mis ojos seguía teniendo el mismo aspecto de niño perdido. Quién sabe, quizá tuviera un pacto con Peter Pan.

-¿Y cuál es la realidad? ¿Qué es eso que tenemos que afrontar?- Me crucé de brazos y esperé a que me mirara, pero para no perder costumbre, siguió mirando la madera color melocotón del suelo de mi habitación. Oía perfectamente el tic-tac del reloj de pulsera que llevaba puesto, y los murmullos de irritación que mi hermano le dedicaba a su último videojuego desde la habitación de enfrente, pero por su parte ni una sola palabra. Yo sin embargo tenía una infinidad que decirle, no obstante opté por las más fáciles.- Frank, déjame sola.

Sólo en ese momento me miró directamente a los ojos, con la boca entreabierta y preparada para soltar lo que fuera, sin embargo sus labios se cerraron en una mueca  y sin más demora dio media vuelta y se marchó.  Un segundo más tarde del portazo en el piso de abajo la sensación de arrepentimiento que había estado acompañando durante años me invadió como un virus que me subía desde los dedos de los pies hasta la nuca.
Esperé unos veinte a minutos a llamarle a casa, calculando el tiempo que le habría llevado llegar pero no contestó nadie. Llamé a Clémence y me dijo que no le había visto desde el viernes. Concluí en coger la bicicleta e ir al único lugar en que nadie, excepto yo, podría encontrarle. Esa fue la primera vez que pedaleé sola hasta la caseta de las afueras, y debo admitir que no se me dio del todo mal, aunque alguna vez dudé de estar tomando el desvío correcto de la carretera llegué mucho antes de lo previsto, con el consecuente ardor de mejillas y un ataque de tos propio de una asmática.  Y efectivamente el coche rojo óxido estaba aparcado ahí.
Oí ruido detrás de la caseta, golpes secos, casi como martillazos pero más lentos e irregulares; rodeé el pequeño jardín exánime y entonces le vi destrozando la parte trasera de la cabaña con sus propios puños, aunque para ser exactos, más que nada estaba destrozándose a sí mismo.

-¿Qué demonios haces, Frank?- Pregunté, aunque la respuesta era más que evidente. Intenté que parara cogiéndole por los brazos pero contrariándome siguió pegando más fuerte todavía.

-Afronto la realidad, esta casa nunca será nuestra; cuando vuelvas seguiré viviendo con mis amigas las cucarachas en ese apartamento apestoso.- Gritó con un tono en que jamás le había oído, es más, tampoco había escuchado su voz cuando estaba enfadado de verdad, una voz que salía directa y puramente desde el fondo de sus pulmones. Pero había un atisbo de anhelo en lo que había dicho, una palabra que había despertado algo que hacía tiempo estaba dormido en mi interior, algo que ni siquiera creía que siguiera viviendo. Había hablado de “nuestra” casa, fuera lo que fuera lo que Frank pretendiese para su futuro me incluía a mí, y no pude evitar sonreír aunque fuese el momento más inoportuno.

-Lo siento.- Murmuré, cogiéndole una de sus manos al vuelo, antes que impactara contra la pared otra vez.

-Deja de mentir, no digas que lo sientes.- Respondió él en otro murmullo utilizando mis propias palabras contra mí. Frenando por completo los golpes que habían provocado un agujero considerable en la madera roída y unos nudillos llenos de sangre.

-No estoy mintiendo… Lo siento.- Hube de levantarle la barbilla para que me mirara a los ojos, una sonrisa inesperada apareció en su cara perlada por el sudor. En ese momento me urgió la necesidad de entretenerme con algo y no afrontar la realidad como él había inquirido antes. Sostuve sus manos entre las mías y me fijé en las heridas, no eran más que rasguños y alguna astilla clavada mezclada entre arañazos de ramas, y pinchazos de rosales y ortigas del jardín de Clémence. – Mira lo que te has hecho.

Solamente se encogió de hombros y le conduje hasta el interior de la cabaña, que ahora dejaba entrar la luz por un foco más, justo encima de donde solíamos sentarnos, las raíces del cerezo eran mucho más gruesas que la primera vez que vinimos y habían roto un par de baldosas más. Me senté y le tiré de la mano para que hiciera lo propio, y me dediqué a quitarle pequeñas astillas mientras él se distraía con las sombras que las hojas de la parte de fuera del cerezo proyectaban al suelo de la casa.

-Así que nuestra casa.- Lo dejé caer cuando hube terminado con sus manos y sólo me dedicaba a admirarlas, estropeando de repente el silencio y captando su atención.

-Pensé que… Como tú me habías dado un lugar para vivir yo debía hacer lo mismo por ti.

Como sabía que abrir la boca y decir cualquier estupidez antes de lo que realmente quería decir, iba a ser peor que una sonrisa sincera, quizá la más sincera que había nacido en mí hasta entonces, me limité a eso. A sonreírle y a disfrutar de el simple hecho de estar a su lado todo lo que pude antes de marcharme al otro lado del país. 

-No voy a mentir y decir que siento marcharme, si eso es lo que has venido a buscar.- Le dije el último sábado de agosto, mientras echaba toda la ropa de mi armario, que no era demasiada, a una de las maletas.

-Charlie, ya es hora de dejar de actuar como críos y afrontar la realidad.- Le oí responder justo detrás de mí, después de uno de sus largos suspiros.

Me giré para mirarle a los ojos, pero como siempre su mirada estaba entretenida en la punta de sus zapatillas, con las manos en los bolsillos y balanceándose sobre sí mismo. Si lo que pretendía era parecer un adulto desde luego lo estaba haciendo bastante mal, si es cierto que había cambiado; su cuerpo había crecido, el ejercicio físico del trabajo había hecho que adquiriera cierta musculatura en los brazos y dejara que ser un chico con un palo colgando de cada lado del tronco, sus rasgos eran más marcados y se le había endurecido la línea de la barbilla; pero a mis ojos seguía teniendo el mismo aspecto de niño perdido. Quién sabe, quizá tuviera un pacto con Peter Pan.

-¿Y cuál es la realidad? ¿Qué es eso que tenemos que afrontar?- Me crucé de brazos y esperé a que me mirara, pero para no perder costumbre, siguió mirando la madera color melocotón del suelo de mi habitación. Oía perfectamente el tic-tac del reloj de pulsera que llevaba puesto, y los murmullos de irritación que mi hermano le dedicaba a su último videojuego desde la habitación de enfrente, pero por su parte ni una sola palabra. Yo sin embargo tenía una infinidad que decirle, no obstante opté por las más fáciles.- Frank, déjame sola.

Sólo en ese momento me miró directamente a los ojos, con la boca entreabierta y preparada para soltar lo que fuera, sin embargo sus labios se cerraron en una mueca  y sin más demora dio media vuelta y se marchó.  Un segundo más tarde del portazo en el piso de abajo la sensación de arrepentimiento que había estado acompañando durante años me invadió como un virus que me subía desde los dedos de los pies hasta la nuca.

Esperé unos veinte a minutos a llamarle a casa, calculando el tiempo que le habría llevado llegar pero no contestó nadie. Llamé a Clémence y me dijo que no le había visto desde el viernes. Concluí en coger la bicicleta e ir al único lugar en que nadie, excepto yo, podría encontrarle. Esa fue la primera vez que pedaleé sola hasta la caseta de las afueras, y debo admitir que no se me dio del todo mal, aunque alguna vez dudé de estar tomando el desvío correcto de la carretera llegué mucho antes de lo previsto, con el consecuente ardor de mejillas y un ataque de tos propio de una asmática.  Y efectivamente el coche rojo óxido estaba aparcado ahí.

Oí ruido detrás de la caseta, golpes secos, casi como martillazos pero más lentos e irregulares; rodeé el pequeño jardín exánime y entonces le vi destrozando la parte trasera de la cabaña con sus propios puños, aunque para ser exactos, más que nada estaba destrozándose a sí mismo.

-¿Qué demonios haces, Frank?- Pregunté, aunque la respuesta era más que evidente. Intenté que parara cogiéndole por los brazos pero contrariándome siguió pegando más fuerte todavía.

-Afronto la realidad, esta casa nunca será nuestra; cuando vuelvas seguiré viviendo con mis amigas las cucarachas en ese apartamento apestoso.- Gritó con un tono en que jamás le había oído, es más, tampoco había escuchado su voz cuando estaba enfadado de verdad, una voz que salía directa y puramente desde el fondo de sus pulmones. Pero había un atisbo de anhelo en lo que había dicho, una palabra que había despertado algo que hacía tiempo estaba dormido en mi interior, algo que ni siquiera creía que siguiera viviendo. Había hablado de “nuestra” casa, fuera lo que fuera lo que Frank pretendiese para su futuro me incluía a mí, y no pude evitar sonreír aunque fuese el momento más inoportuno.

-Lo siento.- Murmuré, cogiéndole una de sus manos al vuelo, antes que impactara contra la pared otra vez.

-Deja de mentir, no digas que lo sientes.- Respondió él en otro murmullo utilizando mis propias palabras contra mí. Frenando por completo los golpes que habían provocado un agujero considerable en la madera roída y unos nudillos llenos de sangre.

-No estoy mintiendo… Lo siento.- Hube de levantarle la barbilla para que me mirara a los ojos, una sonrisa inesperada apareció en su cara perlada por el sudor. En ese momento me urgió la necesidad de entretenerme con algo y no afrontar la realidad como él había inquirido antes. Sostuve sus manos entre las mías y me fijé en las heridas, no eran más que rasguños y alguna astilla clavada mezclada entre arañazos de ramas, y pinchazos de rosales y ortigas del jardín de Clémence. – Mira lo que te has hecho.

Solamente se encogió de hombros y le conduje hasta el interior de la cabaña, que ahora dejaba entrar la luz por un foco más, justo encima de donde solíamos sentarnos, las raíces del cerezo eran mucho más gruesas que la primera vez que vinimos y habían roto un par de baldosas más. Me senté y le tiré de la mano para que hiciera lo propio, y me dediqué a quitarle pequeñas astillas mientras él se distraía con las sombras que las hojas de la parte de fuera del cerezo proyectaban al suelo de la casa.

-Así que nuestra casa.- Lo dejé caer cuando hube terminado con sus manos y sólo me dedicaba a admirarlas, estropeando de repente el silencio y captando su atención.

-Pensé que… Como tú me habías dado un lugar para vivir yo debía hacer lo mismo por ti.

Como sabía que abrir la boca y decir cualquier estupidez antes de lo que realmente quería decir, iba a ser peor que una sonrisa sincera, quizá la más sincera que había nacido en mí hasta entonces, me limité a eso. A sonreírle y a disfrutar de el simple hecho de estar a su lado todo lo que pude antes de marcharme al otro lado del país.