No necesitaba mirarme a un espejo para saber que para ese momento me ardería la cara y mis mofletes se tornarían del color de las manzanas que brillaban en el jardín de Clémence. Notaba la sangre hervirme desde la planta de los pies, haciéndome cosquillas mientras subía por las rodillas como loca, impaciente por causarme esa sensación extraña en el estómago para luego explotar en las mejillas y nublarme un poco la vista.
- No estoy seguro de que haya sido sólo un sueño, en realidad.- Siguió él con una sonrisa en la voz; Hundí un poco más la nariz en el cuello de su abrigo, pese a que sentía que estaba ardiendo de fiebre mi cuerpo se había congelado a su alrededor y no tenía la más mínima intención de despegarse de él para mirarle a los ojos. Sus labios húmedos rozaban el rasguño de mi cara y el calor de su aliento hacía que me escociera todavía más, tomó aire y como si fuera la decisión más difícil del mundo, después de sopesarlo unos minutos me soltó y me hizo mirarle a la cara.- Si no quiero que cambien las cosas es porque no quiero hacerte daño.
Estudió durante un buen rato mi expresión, aunque a decir verdad ni siquiera yo sabía en qué estaba pensando en ese instante, quizá ni siquiera pensara en nada, sólo oía sus palabras retumbar en mis oídos una y otra vez, como si estubiéramos dentro de una gran catedral de piedra. Sus facciones se habían vuelto frías y duras, sus labios no eran más que una fina línea recta en medio de su cara, y sus ojos parecían mucho más oscuros de lo que en realidad eran. Sin decir una palabra se quitó el abrigo y lo colgó descuidadamente de una de las ramas del cerezo, llevaba todavía la sudadera azul de mi hermano; palpó el bolsillo izquierdo de la chaqueta y sacó la cámara de fotos automática de Clémence, las comisuras de sus labios apenas se levantaron un poco cuando me la tendió y se colocó rápidamente delante del mural recién pintado sin pegarse mucho a la pared.
-Vamos, dispara.- Esperé a que cambiara de expresión unas quince veces y cuando se cercioró que su sonrisa no podía ensancharse más, ni sus cejas levantarse otro milímetro hice sonar el click de la cámara y él se tiró al suelo como si le hubiera disparado de verdad, haciendo como se aguantaba las tripas para que no se le desparramaran por ahí. Sonreí un poco, y cuando vió que había logrado su objetivo se levantó y me quitó la máquina de las manos.- Es tu turno.
-Frank, no quiero hacerlo.- Respondí alargando las palabras casi con un tono de suplica en la voz, si había algo que me aterrorizaba más que las sorpresas, las aves rapaces y los payasos de circo, era aparecer en las fotografías. Él hizo oídos sordos y me colocó delante del muro de madera, me dibujó él mismo la sonrisa en los labios con sus propios dedos y se apartó un poco, no tardó más de un segundo en disparar. Sacudió mi fotografía y se la guardó en el bolsillo del pantalón tras dedicarle una sonrisita de aprobación al papel; la suya estaba en el suelo justo al lado de sus zapatillas devoradas por el tiempo. Me agaché a cogerla y le inquirí que me dejara ver la mía.
-La romperás cuando te la de, o te la quedarás para no devolvermela jamás.- Exclamó rápidamente, posando la mano sobre el bolsillo para que no pudiera quitársela.
-Sólo quiero verla, después puedes hacer lo que quieras con ella, como si quieres empapelar la ciudad.- Alzó una ceja y se mordió los labios reprimiéndose de reír.- Bueno, no tanto… Pero ya me entiendes.
Cedió a dejármela ver, y no pude evitar comparar las dos instantáneas. Estaban tomadas desde el mismo ángulo y más o menos la misma distancia, Frank apenas se veía unos dedos más alto que yo, pero ciertamente él parecía alguna especie de ser mitólogico creado por todas las criaturas mágicas del universo, unos dientes perfectos combinaban exquisitamente con el pálido de su piel, la nariz era fina, apenas sobresalía del resto de facciones y armonizaba a la perfección con su rostro, tenía los ojos muy abiertos y se le veían brillantes de nuevo, las cejas formaban semicirculos perfectos y el pelo azabache caía lacio por la frente y algo más despeinado por los lados; lo único que confirmaba que era un hombre y no un niño era la oscuridad en la barbilla y sobre el labio que le provocava una barba casi inexistente.
En cambio yo estaba ahí sin más, con la sonrisa forzada que intentaba no enseñar demasiado los dientes, los ojos clavados en algún horizonte imaginario de la habitación, algo de pintura azul en la nariz y una línea naranja en la mejilla buena, un arañazo feísimo en la otra mejilla y el pelo apuntando en todas las direcciones menos en la correcta. En resumen a su lado, yo era un completo y absoluto desastre.
-¿Y bien? ¿Puedes devolverme ya lo que me pertenece?- Le ofrecí la fotografía sin muchas ganas mientras me rascaba la pintura reseca de la nariz con la otra mano.
Afuera el sol había salido tímidamente por encima de aquel blanco impoluto, apenas teñía un poco de amarillo el cielo, y desde luego la nieve seguía amontanada por todas partes, desafiándome y burlándose de mí.
Frank me llevaba de vuelta a casa, según él ese era un día para pasar con la família. Le hice pasar, mis padres seguían durmiendo aunque no había ni rastro de James, ni de la media docena de magdalenas que dejaba siempre mi padre en la mesa para repartir.
Me metí en la ducha mientras Frank se cambiaba de ropa en mi cuarto.
Dejé que el agua caliente se llevara la pintura y la sangre seca de mis mejillas, el olor a coco del champú me inundaba las fosas nasales de verano aunque en la calle hubiera una replica de Alaska en miniatura. El frío me seguía a todas partes. «Si no quiero que cambien las cosas es porque no quiero hacerte daño». Cómo demonios creía que iba a hacerme daño si en todo caso el que sufría era él… Quizá me hubiera comunicado indirectamente que no estaba interesado en mí en un aspecto amoroso. Aunque de todas formas yo tampoco estaba muy segura de lo que quería de él.
Cerré el grifo, y me envolví con una toalla verde menta después de sacudirme un poco el pelo mojado.
Frank estaba absorto en algo en mi escritorio cuando volví a la habitación, así que me apresuré para vestirme antes de que pudiera girarse. La ropa interior primero, los calcetines iban después, un jersei morado demasiado grande justo antes de los pantalones y…
-¿Qué estás mirando? – Urgí con alarma porque me temía lo peor. Me apresuré hacia el escritorio pero con él me interceptó el paso con una risa entre dientes.
-Son unos dibujos muy buenos. – Dijo esta vez muy serio. Ya estaba hirviendo por dentro otra vez.
-No te hacen ningún juicio, no soy tan buena.
-Sí que lo eres, probablemente si yo intentara dibujarte sólo me saldría algo parecido a una patata con ojos.
-Gracias. – Se rió pero esta vez sonó más fuerte, colandose por mis oídos, incrustándose en mi cerebro para que esa melodía no me abandonara jamás. Sus manos estaban en mi cintura, aferradas con fuerza y yo seguía sin pantalones; por suerte el jersei me llegaba casi hasta las rodillas. – Si yo fuera tú, tendría miedo de que un psicópata se supiera a la perfección ciertas partes de mi cuerpo.
-No me das miedo, nunca me he escondido de ti.
Recordé la primera vez que hablamos en el cementerio, cuando yo volvía de hablar con la abuela y él estaba allí sentado, escondiéndose del mundo. Tenía que visitar a la abuela, más tarde quizá iría con mi padre, nos sentariamos con las piernas cruzadas delante suyo y le explicaríamos lo que habíamos hecho durante esos meses, y cuanto la echábamos de menos.
Sin darme cuenta estaba tumbada en la cama y algo oscuro estaba encima de mí. Era Frank. Estaba arrodillado con las piernas justo rozando los costados de mi cuerpo y me sujetaba las manos con las suyas por encima de mi cabeza. Me miraba desde las alturas, le brillaban los ojos aunque se los tapara un poco el flequillo. Deslizó las brazos y se apoyó también en sus codos, entrelazó sus dedos con los mios cuando nuestras manos bajaron un poco. Tenía sus ojos clavados en los míos, y estaba mucho más cerca. Oía latir su corazón muy fuerte contra el mío, en realidad eso era lo único que oía; la casa estaba en absoluto silencio.
-No quiero hacerte daño.
-No quieres hacerme daño.- Él me lo confirmó con la cabeza y me miró como si estuviera orgulloso de que por fin lo hubiera entendido.
- Es irrelevante lo que yo sienta mientras siempre guarde una distancia de seguridad contigo, ¿De acuerdo? – Asentí aunque no lo entendía muy bien, ahora mismo no estaba a una distancia muy segura que dijéramos. Sonrió de una forma triste y volvió a hablar en susurros que sólo una persona a menos de cinco centímetros de su boca hubiera podido escuchar.- Yo ya no puedo salvarme y quiero que sigas adelante con tu vida cuando yo me vaya, quiero que seas feliz.
- Frank… Ni siquiera contemplo la posibilidad de que desaparezcas de un momento a otro, tenemos tiempo para pensar en soluciones, si hace falta nos patearemos el mundo buscando soluciones pero no voy a resignarme a aceptar tus condiciones.
-No son mis condiciones, son las bases del juramento inquebrantable.
-Al diablo con el juramento, ¿Creías que iba a quedarme de brazos cruzados mientras veo como te consumes poco a poco? – Forcejeé para liberarme de sus manos pero él me cogía con más fuerza.
-No has entendido nada.- Suspiró antes de darme un beso en la punta de la nariz con la sombra de una sonrisa en sus labios. Se rindió y me soltó las manos. Entonces creí que ya lo había perdido para siempre.

